Nuestros maestros de la vida

La “bendición de la larga vida” pareciera una burla y una ironía frente a “la tragedia de la cultura del descarte”. Y nos referimos tanto a la situación social y económica de los más viejos como a una cuestión cultural. Mientras continúe la exclusión y la indiferencia para con las necesidades y derechos de los adultos mayores, lo que estamos haciendo es acortar su vida.

Según el Papa, “hay pueblos que no custodian a sus ancianos con actitudes, tras las cuales hay una eutanasia escondida”. Estamos en una cultura muy cruel con los adultos mayores, por mucho que el neolenguaje huya de la palabra “vejez”, para cambiarla por “tercera edad” y del término “viejo”, para sustituirlo por “persona mayor”. Vivimos en una sociedad del rendimiento y la productividad.

Los valores que se imponen son los del mercado, en todos los ámbitos de la vida y de las relaciones humanas: vale lo que rinde y produce. Cuando esto comienza a perderse por la edad aparecen sentimientos de una gran frustración e impotencia, al tiempo que una vivencia creciente de sentirse una “carga” o un “estorbo” para los demás.

No valorar a nuestros “viejos” nos ha llevado a perder la sensibilidad ante su maltrato cotidiano: no sólo existe en la calle, en algunos centros de salud, sino también en el propio hogar.

El maltrato a los mayores es un grave problema de salud pública y un drama para toda la sociedad: violencia intrafamiliar, abusos de apropiación de sus ingresos y viviendas, abandono, omisión de asistencia, maltrato psicológico y físico, son el pan cotidiano de muchos de nuestros abuelos.

No basta con recalcular el aumento. Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de acogida, que haga sentir al adulto mayor parte viva de su comunidad. Todavía hoy, en otras culturas, el anciano es un tesoro de sabiduría, alguien reverenciado por su experiencia vital, por su talento acumulado; no aquí.

Los mayores traen paz y aceptación a un mundo herido, nos regalan otro modo de vivir el tiempo y la gratuidad. Lejos ya de los sueños adolescentes, el adulto mayor nos enseña a enfrentarnos con la verdad de la vida, con un realismo profundo, para hacernos capaces de distinguir lo efímero de lo que permanece.

Los adultos mayores tienen mucho que enseñarnos sobre virtudes, como la serenidad, la paciencia, la gratitud, la benevolencia, la libertad interior y el amor. ¡Recuperarlos como maestros de la vida es tarea de todos!

Fuente.Crónica

 

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