De Niña pródiga a revolucionaria y solidaria.

Los pueblos del interior suelen tener personajes que muchas veces pasan desapercibidos para el resto del país, y que se valoran cuando se pierden, cuando mueren, como si esa fuera esa la única manera de vencer al ostracismo. Tal es el caso de María Elena Curbelo, una desconocida para muchos y para otros «La doctora de Las Láminas», el barrio de los pobres de Bella Unión, dónde logró el milagro de bajar los niveles de mortalidad más altos que registraba el país y dónde dedicó las últimas décadas de su vida al servicio de los humildes.

Conocida en todo el país por su labor social y fundadora de Retoños de Lucha y Sueños, Curbelo marcó profundamente la vida de muchas familias de entornos socioeconómicos vulnerables de la ciudad más dulce del país.

Desde su niñez, su vida estuvo marcada por la enfermedad y el sufrimiento. Desde su nacimiento padeció mielomeningocele, una dolencia que se conoce como espina bífida. Durante su infancia debió soportar quince operaciones, en las cuales se jugaba literalmente la vida. Tal vez por esos padecimientos, por sentir el dolor en carne propia y por conocer la solidaridad desde muy cerca, fue desarrollando el carácter férreo y humano que la caracterizó.

Fue llamada en los ’50 la «niña prodigio», por haber sido premiada por el programa «Martini Pregunta» con el máximo galardón, respondiendo preguntas sobre La Ilíada.

Venciendo todos los obstáculos cursó la carrera de médica y muy joven animó los comités de solidaridad que apoyaban las marchas cañeras que venían desde el norte. Reconocida militante de la lucha obrero estudiantil, superando sus graves problemas de motricidad, estuvo en primera línea en la defensa de UTAA (Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas), de los gremios de la carne y del Frigorífico Nacional. A partir de fines de los ’60 se integró al Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) y en 1972 fue capturada conociendo la tortura y la cárcel hasta 1985. Sabedores de su dolencia, los verdugos pusieron especial saña en aplicarle picana eléctrica en su médula espinal, desprovista de cubierta ósea, lo que soportó con estoicismo. En el penal de Punta Rieles, fue escogida para ser una de las rehenes que permanecieron años incomunicadas. A tal punto llegó su padecimiento físico, que al momento de su libertad la foto del pasaporte la tuvieron que hacer postrada en una camilla.

En Uruguay ejerció la medicina comunitaria en los barrios de la zona oeste, alternando la formación en primeros auxilios de la gente humilde, con la creación de huertas solidarias para paliar la necesidad tan frecuente en la zona. Tuvo que viajar a Suecia y a Cuba para ser tratada . En Nicaragua adoptó a «Rodolfito», un huérfano de guerra y a su regreso a Uruguay revalidó su título de pediatra y como se relacionó sentimentalmente con un veterano dirigente de UTAA (el «Cholo» González), marchó con él a Bella Unión, comprometiéndose hasta la médula (y nunca mejor dicho) con la medicina comunitaria. Es la principal responsable de haber bajado drásticamente la mortalidad infantil en el barrio Las Láminas de Bella Unión (dónde existían los peores porcentajes del país en esa materia) durante la crisis de 2002 y es reconocida su labor como pediatra y como promotora de la medicina social hasta el pasado  4 de julio en el que, a los 74 años, le dijo adiós a la vida que tanto amó.

Hace pocos días le sobrevino un ACV, tal vez provocado por el dolor causado por la muerte -hace pocos meses- de su hija adolescente, aquejada de patologías similares a las que Elenita padeció durante toda su vida.

Seguramente no perdurará en la memoria por lo que dijo, sino por lo que hizo, pero desde el respeto más profundo, cerraremos este epitafio con esas palabras que reprodujo la revista del Sindicato Médico del Uruguay: “Nuestros chiquitos valientes luchan cada día con problemas de salud más graves. Ellos, que son los eternos postergados, nos dan fuerza y ganas de vivir. Es hora que les devolvamos algo de lo mucho que nos dan”.

 

Fuentes: Artigas Noticias . S.M.U.

 

 

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