De antiguo vuelo

Anibal Sampayo junto a Popea Sánchez en el 20º Festival de Durazno.

Aníbal Domingo Sampallo Arrastúe nació en Paysandú el 6 de agosto de 1926. Como sus padres trabajaban en las estancias de la zona, sus primeros pasos fueron entre la ciudad costera y el ámbito rural. Con siete años le pidió a su maestro Alberto Carbone que le enseñara a tocar la guitarra. A pesar de que el niño no tenía cómo pagarle, Carbone accedió con el compromiso de que esta apuesta no resultara una pérdida de tiempo. Un lustro después, el joven Aníbal ya integraba sus primeros grupos: un trío con los hermanos Melano y un conjunto de 12 guitarras y un contrabajo llamado Los Fulgores, con el que debutó en el teatro Florencio Sánchez.

En la década del 40 complementó su educación formal con la universidad del camino. En esos años recorrió Uruguay, el litoral de Argentina, el sur de Brasil, Bolivia y Paraguay con diferentes proyectos. A Paraguay llegó con los locatarios hermanos Arroyo, y aprendió a “entrelazar los primeros arpegios en el telar armonioso del arpa”, instrumento que se convirtió en un sello artístico. Fue representante oficial de Paraguay e indocumentado en Brasil, cantó en encumbradas radios y en circos de pulgas, viajó en primera clase y encima de los troncos de algún flete forestal. Alguna vez dijo que esta época andariega fue motivada, simplemente, por el gusto de conocer; lo indudable es que la peripecia le dio sustento a su música. Entrenó el oficio, se sumergió en los orígenes, las variantes y las motivaciones de la música de raíz guaraní, que había conocido en su niñez a través de la guitarra de su tío Ramón, quien además de estilos, cifras y vidalitas amenizaba los fogones con “paraguayas”. Sobre todo, en esta época vivió en carne propia la experiencia de vida de los personajes que protagonizan sus canciones. Fue parte del ambiente.

En los 50 continuó recorriendo la cuenca del Plata con diferentes formaciones. Grabó sus primeras canciones y comenzó a ser reconocido en Argentina, donde formó parte del “boom del folclore”, fenómeno de difusión masiva del género que se originó, entre varias causas, por la expansión de los medios de comunicación y el decreto peronista que obligaba a difundir al menos 50% de música nativa en espacios públicos.

Para cuando el almanaque marcó el año 1960, Sampayo ya era una figura distinguida en el candelero musical de la región. En ese sentido, fue uno de los artistas que al año siguiente fundaron el mítico Festival Nacional de Folclore de Cosquín, y en 1963 recibió el disco de oro al mejor compositor de Uruguay y Argentina. A medida que avanzaba la convulsionada década, el contexto social y político del continente fue influenciando cada vez más su obra, que transitó de lo testimonial a lo decididamente político.

Las referencias al río y a los personajes locales dan paso a los héroes revolucionarios, los mártires y el canto de protesta. Un símbolo de este viraje es la anécdota de su participación en el festival de Cosquín de 1969. En plena dictadura de Juan Carlos Onganía, el sanducero tenía previstos dos bloques de actuación en el horario central de una de las noches; antes de subir al escenario, un funcionario encargado de las planillas le preguntó qué era eso que iba a cantar: “Vea, patrón”. Sampayo le contestó: “una milonga”, pero, ante la insistencia, le advirtió que cuando la escuchara lo iba a saber. Años después, recordaba: “En mi segunda entrada a escena ya no me permitieron actuar. Fue la última vez que actué en Cosquín”.

Hasta que alguien las liberara

En 1970 el sello Clave, que ya había patrocinado varios de sus larga duración, editó José Artigas: aurora, lucha y ocaso del Protector de los Pueblos Libres, cantata realizada con el grupo Los Montaraces. Es una obra que, si bien responde a su admiración por Artigas, es imposible no asociar al contexto de la época. En 1972 fue detenido en Paysandú, tras una creciente militancia en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros.

Sampayo se convirtió en otro cantor prohibido, pero a diferencia de aquellos que afrontaron el exilio, debió soportar ocho años de cárcel. Para sortear las requisas y desplantes del encierro, componía “más que nada con el pensamiento; había que tener memoria para ir haciendo las coplas y mantenerlas ahí”, hasta que algún compañero que saliera las liberara.

Mercedes Sosa, Los Olimareños, Jorge Cafrune y Alfredo Zitarrosa, entre otros, mantuvieron vigentes sus canciones y fueron parte de la presión internacional que provocó su liberación en 1980. Sin embargo, seguía siendo un artista silenciado. Se debía presentar en el destacamento y no podía actuar; “usted no puede cantar ni ‘Las margaritas’”, le dijo alguna vez un teniente, al tiempo que en Argentina reeditaban sus discos con títulos como Aníbal y su arpa o Arpas maravillosas, sin los créditos autorales, por lo que tampoco eran una fuente de ingresos. Hasta que un día cruzó a Brasil por el Chuy y solicitó apoyo para refugiarse en Suecia. Del verde litoral a la nieve, sin escalas.

En Europa retomó la peripecia andariega, y en el lustro que duró su exilio no paró de viajar y cantar por los cinco continentes. Motivado por el fin de la dictadura, regresó al país, y estrenó esta nueva etapa en su tierra con dos obras de sugestivos títulos: la autobiografía El canto elegido y el disco Patria (ambos de 1985).

Al igual que los demás colegas que retornaron a mediado de los 80, en los primeros tiempos tuvo grandes oportunidades laborales. Entre múltiples festivales y escenarios que lo recibieron se destaca el estadio Obras Sanitarias de Buenos Aires, un reducto que es reconocido como un mojón trascendente en las trayectorias artísticas de la región.

Durante los años siguientes continuó actuando, investigando y editando libros y discos, aunque ya no se presentaba ante el público con tanta asiduidad. Su último trabajo fue el libro Desde Paysandú, canto y poesía, que publicó a fines de 2001.

En este último tiempo recibió todo tipo de homenajes, como la celebración –en Paysandú– de sus 80 años, una ofrenda casi espontánea y callejera en la que recibió el cariño de sus vecinos y que culminó con un homenaje musical en el Florencio Sánchez, escenario en el que todo había comenzado, casi 70 años antes. Sampayo murió el 10 de mayo de 2007. La Intendencia de Paysandú declaró duelo departamental. Durante el cortejo fúnebre, los niños de las escuelas, los amigos y colegas, y el pueblo sanducero lo despidieron cantando aquella primera canción, “Río de los pájaros”.

Anibal Sampayo fue “Charrúa de Oro” del 20º Festival de Durazno en 1993.

“Río de los pájaros”, “Ki chororo”, “Garzas viajeras”, “El río no es sólo eso”, “Vea, patrón”, “Canción de verano y remos”,”De antiguo vuelo”, “El pescador” y “La cañera” son algunas de sus canciones que perduran para recordarle.

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