Cruz de laurel.

Un fin de semana con tiempo inestable puede resultar ideal para la lectura. Por eso me permito reproducir el cuento corto con el que ganáramos el Primer Premio en el Concurso realizado en el 2019 por la División Cultura de la Intendencia. Está basado en un personaje real, que conocimos en nuestra infancia en el barrio “Puerto de los Barriles”, aunque gran parte de la historia es solo ficción. Agradecemos a Eduardo “Rayo” Ferreira que con su trazo genial nos dibujó la ilustración de esta narración.

 

Estábamos en la esquina de “la bomba”, a donde todos concurrían con sus baldes para llevar agua para lo que se necesitara en la casa. Con Robertito, Carlos y Ramón jugábamos a la bolita, donde por lo general no me iba bien, no solo porque tenía poca puntería sino porque mi caudal de “municiones” era muy pequeño.

De pronto Ramón exclamó “Ahí viene la vieja de las cruces!” y dejamos la partida por la mitad para mirar por Bolívar hacia el río.

Con su pollera larga que barría en cada paso la superficie de la calle, con su alta figura y su cara de gitana, se acercaba sin prisa.

Una rama de laurel se sacudía en su mano y apuntando a un lado y otro, dibujaba cruces en el aire, mientras de sus labios salían frases que solo ella entendía.

Era en el barrio una presencia cotidiana, a la que estábamos acostumbrados y sin embargo, para nosotros seguía siendo una especie de atracción ineludible, con una mezcla de asombro y algo de temor.

Ella parecía no darse cuenta de nuestra presencia y pasaba sin abandonar su rito, ignorando también a los carros que le cruzaban cerca, incluso haciendo alguna maniobra especial de esquive que provocaba la caída como de un cerno, de la arena recién sacada de la playa.

Su trayecto siempre era de dos o tres cuadras, hasta que volvía a su casa en el corazón mismo del Puerto de los Barriles.

Nuestros padres, que nacieron y vivieron siempre en ese barrio, nos contaron que esa mujer había tenido una vida muy diferente.

Fue a la escuela con mucho esfuerzo de sus padres y soñó desde chiquita con ser maestra. Y lo logró. Cuentan que sus alumnos la adoraban, porque tenía una calidez en la forma de hablar, de explicar, y lograba que ir a la escuela fuera un placer.

Fuera del horario docente, se rodeaba de los gurises que vivían cerca y seguía así haciendo docencia, repasando con ellos las tablas, ayudándolos con deberes o simplemente, leyéndoles historias de próceres y héroes.

Cuando sus padres murieron, su casa nunca estuvo vacía porque siempre se rodeaba de los niños que pasaron a ser su familia.

Hasta que llegó el amor.

Ramiro era un joven fortachón que viva junto al río. Es más, el Yi era su fuente de ingreso con el que ayudaba a su mamá, una viejecita de cabeza blanca que hacía unos panes riquísimos en el horno de barro que su marido le construyera poco antes de morir, en la punta misma del rancho de paja y terrón, con ventanas que recibían al sol desde el bulevar.

Ramiro se enamoró apenas vio aquella hermosa morocha que lavaba ropa inclinada sobre el agua. Ella entre espuma y arena, se dio cuenta de que el amor tocaba a su puerta y cambió el rubor de sus mejillas por una sonrisa grande y una mirada que hacía innecesaria la palabra.

Y desde entonces, pasaron a ser uno, y se fueron a vivir juntos.

Ella le acompañaba todos los días hasta la orilla y no se iba hasta que el bote de Ramiro se perdía en la curva rumbo a la represa. Y en las tardecitas, cuando él volvía con su carga de leña, ella estaba esperándole y le ayudaba en el armado de los atados que después se venderían en los boliches del barrio.

Él le acompañaba hasta el final de la corrección de cuadernos, mientras compartían un mate y saboreaban una rosca de chicharrones que la madre sacaba calentita del horno de su casa cercana.

Fueron años de felicidad compartida hasta que…

Ella se puso nerviosa. Hacía más de una hora que le esperaba en el puerto y Ramiro no llegaba. El cielo mostraba una tormenta que se venía y los nubarrones negros parecían también vaticinar algo.

Un temblor interminable recorrió su cuerpo cuando recibió la noticia. El hombre de su vida, su compañero adorado, había perdido la vida entre ramas, piedras y correntada cuando un remolino que la tormenta provocara en el agua, hundió su bote.

Y enloqueció, comenzó a correr por la arena, se metió en el río para ir a su encuentro y solo un arenero que estaba en el lugar pudo evitarlo.

Desde entonces desapareció la maestra para dar paso a “la de las cruces”, y su vida fue solo bendecir al cielo en ofrenda a su amado.

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Cuenta una leyenda popular, que una tarde cambió el clásico trayecto donde la veíamos cada día y rumbeó al río.

En la tardecita, cuando el sol apenas alumbraba el paisaje inigualable del monte, su cuerpo quedó flotando entre los camalotes, en el mismo lugar donde se hundió el bote de Ramiro.

Cuenta la leyenda que al poco tiempo, entre los sauces, lo coronillas y los pitangueros, nació un laurel.

 

Jesús Correa

 

 

 

 

 

 

 

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