Recordando a Abel.

Un 4 de setiembre, hace cuatro años, fallecía en San José el poeta Abel Soria.

Trabajando junto los compañeros de la radio en uno de sus últimas presencias en el Festival de Durazno.

Era oriundo de Los Cerrillos, departamento de Canelones. Hijo de una familia de chacareros, ayudó a sus padres en las labores del campo desde la infancia, alternando esta actividad con las primeras incursiones por el mundo de las letras y de la música. Recibió clases de solfeo y guitarra con el Prof. Humberto Calvetti y se desempeñó también como acordeonista, amenizando reuniones en la zona. En San José estudió guitarra con el profesor Alberto Ulián.
En 1956, en esa ciudad, trabajó en radio como operador, locutor e informativista y en la Cruzada Gaucha de Payadores. Por los años cincuenta publicó Primeros Vuelos, versos en colaboración con Gerardo Molina, y llegó a publicar más de 25 libros, entre ellos: Reflejos del alma, Ponchos y guitarras, Cimarrón sin güelta, Charquito estrellado, A dos posturas, Tusando la quincha, Polenta y tumba, Proseando con Mama, Dos poetas Orientales, Entre aparceros, Dos para la sonrisa, Macaneando, Pelusitas, Cursillo de versificación. En Editorial Planeta ha publicado El humor es cosa Soria, Prohibido sonreír sin permiso y Una sonrisa poco seria.

Grabó varios discos larga duración y ofrecido charlas y disertaciones sobre variadas temáticas.
Recorrió permanentemente escenarios dentro y fuera del país como intérprete de sus propias composiciones, en las que predominó la veta humorística y en cuyo cultivo se consideraba discípulo de Evaristo Barrios. En dibujo y pintura -disciplinas que también practicó-, no vacilaba en confesar su admiración por Florencio Molina Campos.
Fue  Charrúa de Oro del Festival de Durazno, Palenque de Oro, del Festival del Tala, Pluma de Plata, del Festival Por lo Nuestro de Minas.

Abel se proyectaría a lo largo de los años –merced a su excepcional talento creador, a las excelencias de su trabajo, a su sencillez y a la amistad que prodigó a manos llenas– como uno de los referentes de la cultura nacional, cuyo legado ya es eternal y verdadero, al decir de Manrique.

No importa que en los sesudos registros de las Academias no conste su nombre, Abel es dueño de un prestigio y de una gloria, ganados en buena ley y vive y vivirá en la eterna memoria de su gente, del pueblo, que para él escriben los poetas.

Quienes tuvimos la suerte de conocerlo, de tratarlo, de compartir noches festivaleras y peñas sabrosas, no olvidamos a quien sembró a los cuatro vientos, para el hambre y la sed de los siglos, el tesoro inapreciable de sus versos.

Lluvia de tiempo de Abel Soria.

Cuando mis manos — niñas todavía—

entre el alba y la aurora de mis años

armaron torpemente la primera

parodia de un cigarro,

frangollaron también el primer verso,

¡lejanas travesuras de muchacho!

Las formas defectuosas no impedían

dialogar con las musas. . . y el tabaco;

y en mi escondite verde

custodiado de pájaros

prolongaba mis horas de humo y coplas

en muda confidencia con el árbol.

Los paisajes de entonces

sumaban sus colores en mi cuadro

ante cuya luz viva se esfumaba

lo grotesco del marco

y empece a comprender por qué los hombres

tienen alma inmortal, siendo de barro.

En mi pago sin cerros no existían

tentaciones de cumbres para el canto;

entonces me bastaban las estrellas

que caben en los charcos

y el incansable viaje del arroyo

con sabor de raíces y de tallos.

Burucuyás y talas

me alcanzaban sus frutos en la mano

y me gustaba ver el espinillo

pequeño y siempre áspero,

que de escardar el poncho de la siesta

le quedaban vellones en los garfios.

Todo el paisaje verde

maduraba esperanzas en mi canto,

entraba por mis ojos, y salía ,

sintetizado en silbos por mis labios

y doraba la espiga de una estrofa

en vísperas de pan y de milagro.

Pero entró a llover tiempo sobre el niño

y creció la cañada de mis años

arrastrando promesas de cosechas

y ahogándome los nidos en el árbol.

Se me anegó el paisaje

pero aguas abajo,

vertical en, un lánguido reflejo,

se estira mi recuerdo como un álamo,

para salvar siquiera

mi grotesco cigarro.

Quién pudiera traerlo entre los dedos

hasta la superficie de mi llanto!

Su cruza de cocuyo y de churrinche

no ha de haberse extinguido ni en él barro.

Lo espero todavía en la ribera

sentado en las resacas y soñando

que aún puedo, como ayer en mi escondite,

dialogar con las musas… y el tabaco!

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