Cuando bebas agua, recuerda la fuente.

En un encuentro casual con un compañero del liceo que tras años viviendo fuera de la ciudad vino a votar a Durazno, charlamos un rato, recordando aquellos tiempos juveniles. Me enteré entonces que la madre había fallecido hace unos años y que el padre, un hombre macanudo que solía mezclarse con nosotros en los picados de la vieja calle Santiago Vázquez, estaba en una residencial para adultos mayores.  Y entonces rescaté una historia que hace un tiempo encontrara en Internet.

 

“Al final de la tarde fría, recibo la visita inesperada de mis dos hijos. Uno es médico, el otro ingeniero. Ambos exitosos en sus profesiones.

Hace menos de una semana sufrí la muerte de mi amada esposa. Todavía me siento abatido por la pérdida que cambió el rumbo y el sentido de la vida para mí.

Sentados en la mesa de la sala de una casa sencilla y simple, donde vivo ahora solo, empezamos a hablar. El tema es sobre mi futuro. Un frío me recorre la espalda. Pronto ellos tratando de convencerme de que lo mejor para mí es vivir en un hogar para ancianos.

Reacciono… Argumento que la sombra de la soledad no me asusta y la vejez, mucho menos. Pero mis hijos insisten “preocupados”? Lamentan, mientras tanto, que las dependencias de sus amplios apartamentos junto al mar estén ocupadas y por lo tanto yo no pueda estar ni con uno, ni con otro… así dicen ellos. Además,  mis hijos  y mis nueras viven muy ocupados. Así que no tendrían como verme. Eso sin contar con mis nietos, estudian casi todo el día, es imposible.

En mi favor, argumento ya sin mucha convicción que, en ese caso, ellos bien podrían ayudarme a pagar una cuidadora. Frente a mí, el médico y el ingeniero dicen que serían necesarias, en realidad, “tres cuidadoras en tres turnos y todas con cartera firmada”. Lo que sería, en tiempos de crisis, una pequeña fortuna al final de cada mes.

Me niego aceptar la propuesta de vivir en un refugio. Y aquí viene otra sugerencia: me piden que debo vender la casa.

El dinero servirá para pagar los gastos del hogar a donde iré  por un buen tiempo, para que nadie se preocupe. Ni ellos, ni yo.

Me rindo a los argumentos por no tener más fuerzas para enfrentar tanta ingratitud y frialdad. Cerré mis labios y no hablo del sacrificio que he hice durante toda mi vida para financiar los estudios de ambos. No digo que dejé de viajar con la familia a algún paseo, de frecuentar buenos restaurantes, de ir a un teatro o cambiar de coche para que nada les faltara a ellos. No valdría la pena alegar tales hechos a esa altura de la conversación. De ahí, sin decir una sola palabra, decido juntar mis pertenencias. En poco tiempo, veo toda una vida resumida en dos maletas. Con ellas, me embarco hacia otra realidad, mucho más dura. Un hogar para ancianos, lejos de los hijos y los nietos.

Hoy, en los brazos de la soledad, reconozco que pude enseñar valores morales a mis hijos. Pero no pude transmitir a ninguno de los dos una virtud llamada GRATITUD.

La culpa es nuestra por cuanto siempre le estamos dando lo que quieren o piden, cuando debemos enseñarle que deben “ganárselo”. ¿Como? Trabajando con esfuerzo, ayudando a limpiar la casa, cocinar, lavar platos, etc., para cuando lleguen a adultos sepan que las cosas se consiguen con esfuerzo y sean responsables y gratos, quieran a sus padres por haberle enseñado a ser buenos hijos.

La juventud actual te busca cuando quiere algo, cuando te necesita, pero cómo es lógico existen sus excepciones.

La gratitud hay que forjarla, no viene incluida en el corazón de los humanos, a no ser que se le haya inculcado amor y temor a Dios primeramente.  Pido disculpas por manifestar lo que pienso, pero deben saber que cuando lleguen a ser “viejos” querrán ser bien tratados por sus hijos y/o nietos y eso no se consigue con dinero sino con la bondad sembrada en sus corazones.”

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