El trabajo hecho con gusto y con amor, siempre es una creación original y única.

Foto de Andrea Medero.

El reconocimiento en el Prado.

Evaristo es un amigo. Nacido en Rivera, le conocimos hace unos años, cuando mostraba con orgullo en la pista de reproductores, los ejemplares de la Cabaña en la que aún trabaja, en las costas del arroyo Los Tapes.

Junto a su hermano Romildo – hoy fallecido – se repartían las tareas camperas y verlos sobre sus caballos, andando por el campo, parecían ser dos elementos más de la tierra recorrida, como los árboles, el ganado o el propio arroyo corriendo mansamente.

Con un idioma mezcla de brasilero y uruguayo, sus palabras siempre iban acompañadas de una sonrisa y parecía que nada le preocupaba más que la tarea de trabajador rural. Eso y otros atributos, le valió que hace unos años, se le distinguiera en la Exposición del Prado.

Una rebelde lesión en una de sus rodillas le fue sacando de a poco de esos lugares tan expuestos.

Hoy sin embargo, sigue apegado a las labores de campo, mientras espera que el Banco de Prótesis le llame, sin haber perdido la esperanza a pesar de que lo tienen a cuento hace más de un año.

En este día tan especial para los trabajadores del campo, me permito contar esta breve historia, que seguramente podrá tener parecidos con otras, porque hay campo suficiente y sobran los hombres y mujeres que silenciosamente, casi anónimamente, dejan su vida en las tareas camperas.

Evaristo Melo tiene 78 años y soporta el dolor de su pierna trabajando,  porque, estoy seguro, que si no trabajara, la vida dejaría de interesarle.

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