Siempre el Yi.

De familia duraznense, Fabrizio es sobrino nieto de Héctor Giordano, desaparecido en Argentina. El músico editó un nuevo disco, “Recuerdos de Uruguay”.

En el poema épico La Odisea, Ulises llega a Ítaca dormido, luego de diez años de desventuras, y en un barco de los feacios que, llevado por una suave brisa, arriba a la costa. Cuando despierta no puede reconocer su ciudad natal porque está cubierta por una densa niebla. “¿Dónde estoy? ¡Esto no es Ítaca! ¡Los feacios me han tendido una trampa! ¡Pobre de mí!”, grita desconsolado. Ante la desesperación del guerrero, la diosa Atenea evapora la espesura mientras le relata todo lo ocurrido durante su ausencia. De a poco, surge la claridad y reconoce el entorno.

Algo por el estilo sucede con Recuerdos de Uruguay, el nuevo larga duración de Fabrizio Rossi, quien lo define como “un conjunto de memorias desordenadas”, y cuyo nombre contundente puede llevar a pensar que su escucha será un acolchado tránsito por paisajes reconocibles. Sin embargo, esta saga de canciones y poemas es una excursión en la bruma, un recorrido por territorios familiares que no se contemplan a primera vista.

El músico nacido en 1986 lleva ya más de 15 años en la escena que solemos simplificar con la etiqueta de indie, participando en proyectos como Solar, el Dúo Melódico o Alucinaciones en Familia, además de Mux, su actual banda, y un largo etcétera de colaboraciones como artista y productor. Dirige el sello independiente Feel de Agua, cuyo catálogo de acceso libre nuclea propuestas que giran en torno al binomio popular/experimental, y también tiene tiempo para desarrollarse como solista. En 2016 publicó Música para viajes interdepartamentales. Volumen 1, el primero de una serie de álbumes “inspirados en la idea de viajar por el interior de Uruguay mirando por la ventana” y registrados a partir de un viejo grabador de cinta magnética, con el silencio de las madrugadas como aliado y en tomas en vivo, en busca de lo espontáneo, como en los viejos discos folclóricos de un Uruguay que ya es recuerdo.

Con mucha menos peripecia que Ulises llegamos a Jacinto Vera una mañana de sol otoñal para conversar con Rossi, entre otras cosas, sobre su nuevo trabajo, las influencias folclóricas, la industria, la ética del cantor y el río Yi, su lugar en el mundo. Desplieguen velas que partimos.

¿Siempre viviste por acá?

En Jacinto Vera, desde los siete años más o menos. Y viví toda la vida en la vuelta, me mudé como cinco o seis veces. Mi madre vive en la casa de mi familia de siempre.

¿Qué tiene el barrio?

Primero, menos gente y autos. Parece re frío, pero para mí es importante porque el ruido de los autos me vuelve loco, y para grabar, imaginate. Ahora estoy haciendo un estudio, pero toda la vida grabé en una casa; ahora, por ejemplo, grabo acá y están las ventanas originales de la casa, no hice ninguna aislación de nada. Lo puedo hacer porque vivo acá. Después, la geografía, el paisaje, estar arriba de la montañita, se ve todo a lo lejos, se ve el Cerrito de la Victoria. Las casas, la arquitectura, está lleno de casas con patio, toda la vida tuve patio. También lo elijo por un estilo de vida: sigue estando pensado para familias.

¿Y la luna? Viste que Liber Falco y Roberto Darvin destacan la luna de Jacinto Vera.

Está zarpada. Es por la montañita: acá se ve salir la luna, cosa que en otros barrios no pasa.

Lo primero que pensé cuando puse Recuerdos de Uruguay fue: “Esto es Música para viajes interdepartamentales”. Después queda claro que está en otra batea.

Viste que mi disco de (música para) viajes interdepartamentales es el volumen 1; en algún punto el dogma que se armó después para toda la serie y las reglas para grabar esos discos se configuraron ahí. Que sean todos así los temas, que no haya más nada, que sea en vivo en la cinta, ese aire de folclore, esa cuestión no urbana. Pero yo no lo hice sabiendo todo eso, el interés era más grabar unas canciones en ese tono crudo, folclórico, pero también austero, en vivo y con la cinta. Y en algún punto ese interés está plasmado también en Recuerdos de Uruguay. La canción un poco cruda, con esa pata medio oriental en ese sentido medio antiguo y en cinta también. Pero no quería estar dentro del dogma, quería usar más instrumentos, más técnicas, y también estaba hace mucho tiempo experimentando con el cintero, cambiando la velocidad de la cinta, el sentido, poder grabar una cosa arriba de la otra. Y empecé a encontrar sonoridades que para mí son parte del microcosmos uruguayo pero no necesariamente de guitarrista folclórico sino también, por ejemplo, los coros de la escuela, las orquestas clásicas uruguayas, que siempre suenan medio desafinadas; ahora seguro están mucho más pro, pero tradicionalmente siempre hubo en estas orquestas, incluso las de cumbia, un desafine en las cuerdas y en los vientos que para mí es parte del sonido uruguayo. Escuchás hasta pianistas viejos muy alabados, como [Luis] Cluzeau-Mortet y son medio pantera las tomas; sus vidalas por ejemplo, le erra un poco y las grabaciones están con esos errores.

El folclore merodea siempre en tu música.

Sí, en Mux hay melodías que están hechas con una idea medio folclórica, entre nosotros les decimos la parte folclore, capaz que lo escuchás y son cuatro sintes, pero hay un ritmo de seis octavos y hay una melodía que podría ser un folclore. Pero nunca es una recreación: es una sonoridad, algo que me resuena. No esa cosa museística de pensar que para hacer folclore tenés que hacerlo tal cual porque es una tradición. Para mí es un vehículo musical, es una forma, como hacer un blues; una forma musical para hacer lo que yo quiero hacer ahora. Obviamente, también dialoga con el tiempo, con la historia, con la memoria. Por eso insistí tanto en este disco con la identidad, con ciertas referencias uruguayas, pero es un Uruguay súper personal, íntimo.

Pero además en tus búsquedas folclóricas tampoco te inclinás por lo que más entendemos como folclore uruguayo.

Siempre me interesaron las formas más íntimas del folclore, es decir, me gustan todas, también toco zambas o cosas así. Alguien que yo encuentro muy inspirador es [Fernando] Cabrera. Él siempre revistió las vidalas, los tristes, los estilos, incluso las bagualas, esos géneros un poco más tristes y más íntimos, no tan bailables, de fiesta o cosa social, como la chacarera, la zamba, la polca, el malambo. Lo que me nace más íntimamente para hacer una canción tiene que ver con la vidala, la baguala, esa cosa medio indefinida. La baguala son casi improntos musicales folclóricos. Si escuchás, por ejemplo, las bagualas de Atahualpa [Yupanqui] da la impresión de que está improvisando, da la sensación de que está diciendo algo con una base tranquila de guitarra y que no tiene el rigor del ritmo tan marcado como las danzas, tiene el ritmo más de lo que vas diciendo.

El disco es muy bagualero, en algún sentido.

Sí. Tiene eso de anacrónico. La baguala tiene un pie en la música incaica, andina. Eso ya es otra cultura y otra geografía. Hace un tiempo estuve en Bolivia tres meses, solo, viajando. Algo de eso seguro está metido, porque me marcó pila. Y también me marcó escuchar a Atahualpa antes y después de todo ese mundo. Cuando volví empecé a entender muchos motivos pentatónicos que tiene Atahualpa y que había escuchado toda la vida, cosas como carnavalitos pero mechados con el sonido de la guitarra tocada de forma clásica. Empecé a entender toda su influencia del norte argentino.

¿Por qué te sigue interesando el formato álbum como obra?

Creo que todavía hay mucha gente que sigue escuchando en ese formato, por eso me interesa sacar discos, porque sé que hay alguien que lo va a recibir desde ese código de meterse en un lugar y no tanto de escuchar una canción. Es como estar un rato con alguien: le vas entendiendo la voz, como cuando lees un libro. Creo que el disco es una interfaz, es un formato no sólo de escucha sino a la hora de componer. No me gusta mucho el formato planteado por la industria o el mercado hoy en día, que depende de mantener los seguidores, los views, el interés. Como que tenés que sacar un simple o un video porque si no la gente se va a dispersar y se va a olvidar de vos. Y bueno, que se olvide. Si bien hemos hecho ambas cosas, no me gusta mucho el formato simple ni los adelantos de disco, porque siento que ninguna canción se la banca por sí sola, fuera del contexto. No es algo que me quite el sueño, porque no vivo de mis discos. No estoy en contra de vivir de la música, ojalá a todo el mundo le guste este disco, pero no estoy dispuesto a transar demasiado en los códigos que hay que tener para pujar el público.

Alguna vez declaraste que no te importa a cuántos llegás con tu música sino que llegue.

Exacto. La cantidad de gente no me importa mucho. Obviamente que todo artista que publica tiene un afán de llegar a la mayor cantidad de gente posible, pero eso pueden ser 40. En este caso, hasta en la forma del disco, en las canciones, está claro que lo que está buscando es un tipo de conexión. No es una escucha fácil, es densa; mis amigos me joden porque todos los comentarios que me llegan son muy lindos, pero lo que une a muchos de esos comentarios es gente que me dice que lloró escuchando el disco, y vos decís: “Pah, qué bajón, sacás un disco para que la gente llore”. Y bueno, yo prefiero que la gente llore a que lo escuchen y digan “ah, está bueno” y quede por ahí. Prefiero que lo haga pasar un poco mal, un poco incómodo: creo que eso es más cercano a un hecho artístico, que te quiebre, no que te guste o no te guste. Me gusta pensar que el acto artístico tiene que afectar un poco a la gente que le llega, tiene que emocionar en algún punto. Prefiero esas 40 personas llorando que 5.000 indiferentes.

El disco da cuenta de tu relación con el ro Yi, donde solés acampar. ¿Cómo es esa historia?

Yo empecé a ir con mi padre, mi madre y mis hermanos, y mis abuelos andaban ahí pero tenían casa en Durazno, no se quedaban a dormir. Después lo que empezó a pasar es que caían mis primas con algunas amigas, yo con amigos de acá de Montevideo, después de tanto ir tuve una barra de Durazno, que éramos como los rockeros de allá, los peludos; ahí ya había campamento paralelo, estaba con mi familia pero a la vez tenía mi campamento en otro lado, iba y venía, pero ese campamento siempre nos lo desarmaba la Policía [risas]. Ahora de grande sigue este campamento familiar, está armado todo el verano, donde vamos con mi madre, mis tíos, mis primos. Y hace años empezó a ir toda la barra, como Los Muertos Mágicos, que es la primera banda con la que empecé a animarme a componer un poco más folclórico cuando éramos guachos. Éramos más rocanroleros, más del pop, del rock, de la psicodelia, del noise; era raro ponerse a tocar folclore, fue el primer acercamiento, en los campamentos, ahí tenía más sentido hablar sobre el río que estar acá cantando “el río y no sé qué…”. Acá agarrábamos la guitarra eléctrica como locos, pero estábamos en el río y hablábamos de eso, de lo que nos mutaba ahí. Entonces en algún punto ahí empezó a crecer ese imaginario más propio de la naturaleza.

También pienso que te pone en diálogo con colegas que pasaron por las mismas inspiraciones; la referencia obvia es Osiris Rodríguez Castillo.

Sí, Osiris vivió gran parte de su vida en Sarandí del Yi y habla mucho de ese río. Pero yo siento que Osiris es más mi padre; el gurí pescador ese no soy yo: es mi padre. Todo ese folclore del contrabando y eso es otra época. De Osiris lo que entiendo es el amor por la poesía y la guitarra, y hasta su ideología autoral y cómo se manejó en su vida me parece increíble.

¿Por qué?

Siempre estuvo como en un limbo, hasta en sus poesías lo dice. Esa cuestión anónima, que creo que rescató del folclore, para mí Amalia de la Vega también, con ese supuesto desinterés en la industria, para mí estaba hablando mucho del sentimiento de una canción, de esa cuestión de la propiedad de una canción, sobre todo en relación a hacer plata, no por negar una canción: si la hiciste es tuya, no la podés negar. Osiris tenía esa intención de intentar acceder a un canto un cacho más impersonal, más anónimo. “Mi nombre puede que muera, mi canto puede que no”, dice Osiris. Para mí hay algo de eso: mi canto no soy yo, no importa si desaparezco, el afán es alcanzar ese inconsciente colectivo; esta música no soy yo, soy este que la grabó y que hizo este disco, pero lo que viene de atrás, la conversación, no es mía, es una conversación continuada. Ese punto me une a Osiris, pero con 60 años de diferencia. Me siento de alguna manera, y humildemente lo digo, en la misma conversación, te diría lo mismo con Cabrera, incluso con [Alfredo] Zitarrosa.

Y en la otra tribu, la global, ¿con quién sentís que estás conversando?

Pasa que es una conversación medio infinita, nadie inventa nada de cero. Lo rico creo que es lo arbitrario que es un mundo personal: cómo podés estar escuchando a Charly García o a Larbanois & Carrero y al final es en tu escucha donde se juntan esos músicos, en tu imaginario.

Pero si tenés que elegir una conversación, ¿a quiénes pondrías en la mesa?

Yo qué sé. A Osiris con Syd Barrett, ponele.

Recuerdos de Uruguay.Fabrizio Rossi, 2021. Feel de Agua. Disponible en plataformas.

Escribe Daniel Machín en Música – La Diaria

 

 

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