Boliche de barrio.

Por Carlos Fariello.

Sobre el mostrador, en un extremo, brillaban las carameleras de vidrio, llenas de un universo de colores y sabores.

A su costado, el papel de estraza ordenado por tamaños y formando un montoncito.

Casi en el otro extremo del mismo mostrador, la balanza que medía las cantidades exactas de aquellas cosas que se vendían “sueltas” en una época donde no se utilizaban los plásticos contaminantes.

Detrás, una gran pared toda revestida por estantes, casi hasta el techo. En ellos los más variados productos envasados.

En los estantes de más abajo las latas, con un visor de vidrio redondo, que dejaba ver su contenido: fideos de diversos tipos, harina de maíz, porotos, maíz para mazamorra, arroz, y más.

Un gran cajón, con una tapa oblicua, sobre el piso, guardaba decenas de quilos de yerba mate.

En otro ángulo del local, los cajones de frutas y verduras frescas.

Temprano en la mañana se inauguraba la jornada de trabajo del boliche, surtidor de alimentos y entrañable lugar de culto de las relaciones de amistad entre los vecinos.

El pulso del barrio latía allí.

 

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