18 AGUA

Por Carlos Fariello

Cuando el calendario promediaba febrero y nos recordaba los días de Momo se organizaba en el barrio una tarde de juegos con agua.

A lo largo de una o dos cuadras, y previa concertación entre los vecinos, pasada la siesta y por más de una hora se daba rienda suelta al placer de arrojarnos agua unos a otros.

Antes del corso de agua, así le llamábamos, se llenaban con esmero y paciencia decenas de recipientes, latones, bidones de plástico, y algún que otro tanque y hasta alguno de estos últimos se los subía a la caja de alguna camioneta que estaba al servicio de estos festejos tan paganos como antiguos.

A una cierta señal comenzaba aquella acuosa orgia donde tirar agua y mojar todos los que estaban en esa cuadra generaba placer y algarabía.

No faltaban los pomos y botellas que al ser apretados lanzaban un fresco chorro, y luego se agregaron las bombitas.

Si algún que otro distraído transeúnte pasaba por allí sería fácil presa de aquel anónimo ejército de mojadores.

La pucha, con que poco se lograba por unas horas la felicidad!

 

 

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