{"id":56150,"date":"2026-04-03T10:26:41","date_gmt":"2026-04-03T13:26:41","guid":{"rendered":"https:\/\/duraznohoy.com\/?p=56150"},"modified":"2026-04-03T10:26:41","modified_gmt":"2026-04-03T13:26:41","slug":"los-dos-amigos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/duraznohoy.com\/?p=56150","title":{"rendered":"Los dos amigos"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><strong>Juan Lobelcho y Pedro Far\u00edas no eran hermanos de sangre, pero si de crianza. Nacieron ambos con un mes de diferencia en hogares de adobe y paja del barrio \u201cEl Chorizo\u201d, all\u00ed donde la vida le hac\u00eda un tajo a la pobreza.<\/strong><\/p>\n<p>Juntos, se criaron casi a la intemperie, despreciando los resfr\u00edos con los pasos descalzos e implorando con sus padres la llegada de la lluvia, la creciente del Yi, la evacuaci\u00f3n, la leche en polvo, la ropa regalada y aunque fuera solo por unos d\u00edas, un techo de zinc.<\/p>\n<p>Juntos fueron a la escuela, m\u00e1s para aprovechar el comedor y la merienda que para aprender a escribir, porque el oficio de sus casas que se arrastraba por herencia de sus abuelos, no requer\u00eda escrituras, ni cuentas, ni dibujos. Para dominar el monte, para conocer sus caminos interiores, para olfatear la cercan\u00eda del carpincho, no hay escuela que valga. Y ellos quer\u00edan seguir la tradici\u00f3n de sus mayores: ser \u201ccapincheros\u201d.<\/p>\n<p>Cuando Juan a los 12 a\u00f1os perdi\u00f3 a su padre por una bala imprudente de una escopeta que dej\u00f3 a medio salto un alambrado, la casa de Pedro fue su casa y juntos, como siempre y m\u00e1s que siempre, se sintieron casi hombres y emprendieron el viaje de descubrir la vida.<\/p>\n<p>El monte era un im\u00e1n que los atra\u00eda todos los d\u00edas, a cualquier hora. Aprendieron en poco tiempo, a conocer todos sus sonidos y sus silencios. A descubrir en el aire los olores del bicher\u00edo, sus guaridas, sus h\u00e1bitos, sus costumbres.<\/p>\n<p>Cierto d\u00eda, aprovechando el r\u00edo desbarrancado por la lluvia, Pedro, Juan y la escopeta del difunto, se fueron a buscar alg\u00fan carpincho. Quer\u00edan comprobar si estaban prontos para largarse solos. Y a la media hora, apareci\u00f3 la presa. Juan apunt\u00f3 cuidadosamente y a su lado, solo se escuchaba el tum \u2013 tum del coraz\u00f3n de Pedro. Y cuando la bala parti\u00f3 en dos la cabeza del carpincho, saltaron abrazados, rieron como locos, con una risa rara mezclada con l\u00e1grimas. Se hab\u00edan recibido de cazadores\u2026<\/p>\n<p>Desde aquel bautismo de caza pasaron muchos a\u00f1os. Juan se enamor\u00f3 y se cas\u00f3 con una chica de pelo negro con los ojos color a monte. Pedro en cambio, mantuvo su solter\u00eda y viv\u00eda pendiente de cuidar a sus padres, que ten\u00edan en \u00e9l el \u00fanico sustento.<\/p>\n<p>Juan recibi\u00f3 al poco tiempo el regalo de un hijo, var\u00f3n como \u00e9l lo so\u00f1aba y Pedro tuvo desde entonces un ahijado, al que demostraba su amor a cada instante. La amistad de tantos a\u00f1o pareci\u00f3 encontrar en ese ni\u00f1o el elemento ideal para hacerla indestructible.<\/p>\n<p>Las \u00faltimas inundaciones hab\u00edan dejado una secuela tr\u00e1gica, no en vidas pero si en hogares destruidos, especialmente en el barrio en que viv\u00edan y en sus ranchos de un largo historial de\u00a0 lucha contra las aguas embravecidas. Esa vez, Juan Lobelcho fue uno de los m\u00e1s afectados. Al bajar el agua, solo quedaba el \u201cexcusado\u201d porque las paredes y el quincho se diluyeron en la correntada.<\/p>\n<p>Fue entonces que el Gobierno resolvi\u00f3 darles otras casas a los que la hab\u00edan perdido, en otro lugar, en otro barrio, lejos de la amenaza siempre repetida de la creciente. Pedro se qued\u00f3 en su rancho porque, adem\u00e1s, no se imaginaba otra vida fuera de all\u00ed, donde naci\u00f3 y se crio, siendo feliz a su manera. Juan en cambio, no lo dud\u00f3. Pens\u00f3 m\u00e1s que nada en su mujer y en el gur\u00ed que ya gateaba por los pisos de tierra y con el dolor en el alma, ese que a veces no se manifiesta pero que se siente como un hierro caliente que hace brasa la carne, se fue a la nueva casa, cerca del centro, lejos de Pedro.<\/p>\n<p>La separaci\u00f3n que fue dur\u00edsima, se alivianaba todas las semanas cuando los dos amigos tomaban sus armas y se iban al monte. All\u00ed, volv\u00edan a ser los de antes. Detr\u00e1s del carpincho los dos eran uno y la vida parec\u00eda adquirir otra dimensi\u00f3n.<\/p>\n<p>Tiempo despu\u00e9s, a Juan le dieron un empleo de guardabosque. Fue la oportunidad para tener un dinerito asegurado todos los meses y de alguna forma, no se alejaba del monte. Pero si de Pedro. Las salidas pasaron a ser m\u00e1s distanciadas, una vez al mes a lo sumo. Pedro tuvo que irse conformando con esa nueva soledad.<\/p>\n<p>Aquella ma\u00f1ana de agosto, negros nubarrones anunciaban que la lluvia estaba cerca. <strong>\u201cCreo que se viene el temporal de Santa Rosa\u201d <\/strong>dijo Juan a su mujer que junto a la ventana, tej\u00eda un rebozo para el hijo que a\u00fan dorm\u00eda en su cuna. <strong>\u201cSi llueve mucho habr\u00e1 creciente y va a estar lindo para cazar capinchos\u201d <\/strong>agreg\u00f3 y enseguida, pens\u00f3 en Pedro. Hac\u00eda tiempo que no se encontraban. La \u00faltima vez que estuvo en su casa fue cuando el cumplea\u00f1os de Juan. Pedro le regal\u00f3 un cuero de carpincho que hoy es campera que cuelga en el ropero.<\/p>\n<p><strong>\u201cNo esperar\u00e9 la lluvia. El domingo si Dios quiere, voy a ir a invitarle a cazar\u201d <\/strong>dijo Juan y lo hizo. Tempranito apront\u00f3 la escopeta de su padre, tom\u00f3 unos cartuchos preparados, se puso la campera que le regalara Pedro y march\u00f3 despacio hasta \u201cEl Chorizo\u201d a buscar a su\u00a0 amigo. <strong>\u201cHace como media hora que se fue p\u00b4al monte\u201d<\/strong> le aclar\u00f3 la madre de Pedro tras golpear Juan la puerta de su rancho. <strong>\u201cNos veremos entonces\u201d <\/strong>respondi\u00f3 y enfil\u00f3 para el r\u00edo.<\/p>\n<p>&#8212;<\/p>\n<p>Pedro hab\u00eda caminado como dos leguas r\u00edo abajo, pero por afuera del monte. Cuando consider\u00f3 que la distancia era suficiente, se intern\u00f3 en el follaje y comenz\u00f3 la b\u00fasqueda, viento en contra, para no ser olfateado por el carpincho. A pesar de la poca visibilidad porque reci\u00e9n estaba amaneciendo y para peor con tormenta, habr\u00eda recorrido unos 300 metros cuando encontr\u00f3 unas huellas. <strong>\u201cSe ve que es un capincho machazo\u201d<\/strong> pens\u00f3 <strong>\u201cporque las huellas son grandes realmente. Espero que no me lleve mucha ventaja\u201d <\/strong>y aceler\u00f3 el paso. Su conocimiento de todos los recovecos del monte lo hac\u00edan volar entre las matas, los pajonales y las ra\u00edces de los \u00e1rboles. De tanto en tanto, se frenaba y escuchaba, mientras su cabeza giraba a un lado y otro, como un faro en la niebla. <strong>\u201cQu\u00e9 falta me hace Juan ahora, porque entre dos la cosa es f\u00e1cil y este bicho no se nos va\u201d <\/strong>se dijo, y el recuerdo de aquella primera vez cuando su amigo mat\u00f3 el primer carpincho, le hizo nublar la vista. El era un hombre duro, pero aquel recuerdo, hizo asomar una l\u00e1grima que no permiti\u00f3 que rodara por su curtida mejilla.<\/p>\n<p>Respir\u00f3 hondo y aceler\u00f3 el paso. Las huellas aparec\u00edan m\u00e1s frescas en se\u00f1al de que el carpincho no estaba lejos. De pronto lo vio. Era un hermoso ejemplar de por lo menos 120 kilos que caminaba cansadamente hacia un pajonal que hab\u00eda e tres metros del r\u00edo. No pudo ni siquiera apuntarle porque el carpincho se perdi\u00f3 entre las pajas.<\/p>\n<p>Aprovech\u00f3 para acercarse un poco m\u00e1s, con la misma sigilosidad del bicho, <strong>\u201cLo esperar\u00e9 a que salga\u201d <\/strong>se dijo y prepar\u00f3 su arma. Pasaron 10 o 15 minutos y nada. De pronto, unos metros m\u00e1s atr\u00e1s, sinti\u00f3 ruido en las malezas. <strong>Aj\u00e1! As\u00ed que no andabas solo bichito\u201d <\/strong>murmur\u00f3 mientras giraba su arma para apuntar hacia el lugar de donde provino el ruido. Hab\u00eda algo de contraluz y los verdes se confund\u00edan con los marrones de las coronillas. Forz\u00f3 su vista, hoja por hoja de los \u00e1rboles, hasta que descubri\u00f3 el marr\u00f3n lustroso caracter\u00edstico y su coraz\u00f3n comenz\u00f3 con el cl\u00e1sico tum \u2013 tum. Estaba entre la horqueta de un sauce viejo cuyas ra\u00edces se hund\u00edan en el agua. Se le ve\u00eda el lomo. Para Pedro, baqueano en esas lides, era suficiente. Apunt\u00f3, aguant\u00f3 la respiraci\u00f3n y tir\u00f3.<\/p>\n<p>&#8212;<\/p>\n<p>Aquellos gurises se hab\u00edan alejado demasiado del Pueblo. Es que uno de ellos hab\u00eda sacado sin permiso del padre un \u201c44\u201d y se metieron en el monte como si cazar fuera f\u00e1cil. No encontraron ni huellas, ni bostas, ni nada, pero caminaron demasiado. De pronto, cuando ya estaban por volver, los ojos de ambos quedaron como desorbitados. El \u201cWinchester\u201d se les cay\u00f3 de las manos y un grito que recorri\u00f3 el monte, termin\u00f3 abraz\u00e1ndolos.<\/p>\n<p>Juan Lobelcho yac\u00eda muerto entre un charco de sangre que empapaba su campera de carpincho.\u00a0 Con los ojos perdidos y la lengua de afuera, Pedro estaba a su lado, colgando del sauce.<\/p>\n<p>Como siempre\u2026juntos.<\/p>\n<p>J.C. (1988)<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong><u>\u00a0<\/u><\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juan Lobelcho y Pedro Far\u00edas no eran hermanos de sangre, pero si de crianza. 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