La bala que te pegó a todos nos mató algo

2Aparicio

Agonía de Aparicio Saravia en territorio brasileño, setiembre de 1904.

Aparicio Saravia fue herido mortalmente en la Batalla de Masoller el 1º de setiembre de 1904, y aunque lo llevaron a un rancho llamado Carovi, en la frontera con Brasil, murió diez días después por peritonitis a causa de la herida sufrida en la batalla, que ocurrió en la región de la frontera entre Uruguay y Brasil. 

No fue una bala perdida que impactó en el cuerpo de Saravia. El balazo que se alojó en su cuerpo -más que a una baja- apuntaba a la sicología del Ejército revolucionario que no contaba con la figura de recambio que encauzara la lucha. La muerte del caudillo pautó el final de una revolución de donde habían nacido las claves de las dos tradicionales divisas, y que tiñó todo el Siglo XX.

Transcribimos las palabras de Luis Ponce de León (abanderado de la revolución) en su libro “La Revolución del 97” sobre el general Aparicio Saravia:

“El General Aparicio Saravia, ese bravo entre los bravos, ese Bayardo de nuestra nacionalidad, ese corazón implacable para el delincuente y magnánimo para el vencido, ese padre de sus soldados, el mejor de los hijos de esta tierra, el más grande de sus ciudadanos, el más querido y admirado de todos los orientales, tiene que ser por derecho propio, el primero con cuyo nombre se honren estas páginas.

Ninguno como él, en los últimos tiempos, ha puesto su bolsa, sin egoístas restricciones, al servicio de la gran causa de la libertad y del derecho; ninguno como él, en las condiciones de comodidad y bienandanza en que se hallaba, ha sabido abandonarlo todo, sin ambición de ningún género, para sacudir a sus conciudadanos del letargo en que yacían y señalarles las cuchillas para salvar en ellas con la sangre de los buenos, el decoro, harto en peligro, del viril pueblo uruguayo; ninguno como él, en tiempo tan escaso, ha sabido subir tan alto en el concepto de sus compatriotas, por el solo esplendor de sus virtudes cívicas, de su pureza de principios, de su entereza de carácter, de su cariño sin restricciones envidiosas hacia sus compañeros de jornada, y sobre todo ello, por su modestia sin igual, que le hace encumbrarse tanto más ante los propios y los extraños, cuanto más él trata de esconder sus méritos y de sustraerse al aplauso de todos los que, conociéndolos, intentan rendir los debidos homenajes al «humilde vecino del arroyo Cordobés»

El General Saravia es un ejemplar que no tiene semejantes. Su desinterés por todo lo que reza con la patria le llevó en octubre de 1896 hasta el Directorio del Partido Nacional, para poner en sus manos los títulos de sus propiedades, pidiendo que las enajenasen o las hipotecasen, para con su importe comprar los elementos bélicos indispensables para la revolución; ese mismo desinterés le hizo vender sus semovientes para comprar en Bagé armas y municiones que hacían falta; y ese mismo desinterés, también, al repartirse el pre de nuestras tropas, le hizo rehusar los

$ 20.000 que, a título de simple reembolso por una parte de los gastos efectuados de su peculio propio, le asignara el Comité de Hacienda del Ejército de la Revolución.

Su bravura y su genio militar salvaron al Ejército Nacional de ser exterminado o disuelto por completo en Guaviyú, y allí mismo su grandeza napoleónica, al pedírsele municiones por uno de sus jefes subalternos, puso en sus labios la siguiente sublime respuesta: Las municiones nos la trae el enemigo, vamos a buscarlas.

Su entereza de alma, en Arbolito, al notificársele la muerte de su idolatrado hermano, el heroico Chiquito, le hizo prorrumpir en este enérgico apóstrofe: ¡Den vuelta! ¡Vamos a cargar a esos traidores!…

*/ del Muro de Guzmán Garrido Rosa. 1º Setiembre 2025

 

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