Las serenatas de antes

En las reuniones familiares del final del 31, se miró con insistencia el reloj de cada uno y, al llegar “las 12”, los abrazos y los besos se multiplicaron por un rato porque llegaba un nuevo año.
Quien más, quien menos, lo festeja a su manera. Son tiempos de familia y de reflexión. Pero también lo son de recuerdos.
Cuando éramos jóvenes y poco después de la última campanada de las 12, tras los abrazos, se escuchaba de pronto el sonido de una guitarra. Y salíamos a la calle o nos acercábamos a la ventana, porque a sus pies, en manos de conocidos músicos y cantores lugareños, llegaba la infaltable serenata.
Eran dos o acaso tres canciones nada más – porque había más casas para recorrer – y con nuestro aplauso, compartían una copa y saboreaban alguna porción de cordero o de pan dulce.
Y más tarde, nosotros mismos nos poníamos de serénatelos.
Las serenatas eran por las noches hasta bien entrada la mañana, generalmente cuando los jóvenes y no tan jóvenes después de brindar con la familia, totalmente frescos y sin ganas de molestar a nadie, salían a patear la calle a puro coraje, cantando al azar en cualquier casa, pegados a las ventanas.
“Muchachos esta noche saldremos por los barrios/ a revivir las horas de un tiempo que pasó/ será una pincelada de viejas tradiciones que al son de la guitarra dirán que no murió…”.
Costumbres, tradiciones que se han perdido, aunque sabemos que Julio Piñeiro suele aún acercarse a una ventana para cantar alguna canción a los vecinos.
Serenateros!
Cuanto pagaría por sentirlos de nuevo en la casa de mi vieja para revivir las tradicionales fiestas de antes.
El Payador Larrosa
Fue un payador de barrio, juglar improvisado que aparecía sorpresivamente en los bares de la ciudad o en las plazas, con su guitarra, e hilvanaba unas décimas con argumento de acuerdo a su ocasional audiencia.
En Navidad y fin de año, salía a dar serenatas. En una oportunidad invitó a un guitarrista amigo para que le acompañara. Quería darles más fuerza a sus interpretaciones. Y juntos salieron a recorrer las calles y en cada casa donde veían que aún había festejo en su interior, comenzaban a cantar al pie de la ventana, y después aceptarían gustosamente un vinito y algunas monedas como recompensa por el gesto.
Cuentan que al terminar el periplo ya entrada la madrugada de un 1º de año, Larrosa y su compañero se prestaron a repartir la propina recibida.
“2 pesos para mi 1 peso para vos, 2 pesos para mi 1 peso para vos” fue repartiendo Larrosa todo el «botín” ante la intriga del compañero que, al terminar el repartir preguntó “por qué 2 para usted y 1 para mi maestro?” a lo que el payador respondió “porque tu tocas la guitarra y yo canto y ejecuto”.