No sacrifiquemos lo que nos define como Pueblo.

Por la docente Natalia Aquino
Como docente, me encuentro profundamente consternada y, debo decirlo, *herida* ante la reciente propuesta de un colectivo de maestros para eliminar la obligatoriedad de los actos protocolares en nuestras escuelas, como la promesa a la Bandera, el porte del pabellón y la entonación de ciertas canciones.
Entiendo que vivimos tiempos de cambio y que las formas de transmitir valores pueden evolucionar. Sin embargo, esta propuesta, en mi sentir y en el de muchos colegas que compartimos el amor por nuestra patria, representa un Grave atropello a nuestra identidad nacional y a la formación cívica, (ya que es la materia que me toca en el alma por ser docente de Derecho) de nuestros niños y jóvenes.
¿Por qué digo que es un atropello?
Desvinculación de la Historia y la Memoria Colectiva:
Los actos protocolares no son meros «rituales vacíos». Son lazos tangibles que nos conectan con nuestra historia, con el sacrificio de quienes lucharon por nuestra independencia y soberanía. La promesa a la Bandera, por ejemplo, es un compromiso solemne que los niños asumen con su país, un acto de pertenencia y responsabilidad cívica. Eliminarlo es, en esencia, borrar un capítulo fundamental de su formación como ciudadanos conscientes.
Debilitamiento de la Identidad Nacional:
En un mundo cada vez más globalizado, donde las influencias externas son constantes, es más crucial que nunca fortalecer los símbolos que nos unen como nación. Nuestra Bandera, nuestro Himno, son pilares de nuestra identidad. Son los elementos que nos distinguen, que nos dan un sentido de comunidad y de pertenencia a algo más grande que nosotros mismos.
Despojarnos de estos símbolos en el espacio donde se forjan las futuras generaciones es debilitar deliberadamente nuestra propia identidad.
Pérdida de Valores Fundamentales:
Más allá de la letra o la melodía, estos actos transmiten valores como el respeto, el patriotismo, la unidad y el compromiso. Son momentos para inculcar el amor a la patria no desde la imposición, sino desde la solemnidad y el reconocimiento de lo que nos representa.
¿Qué mensaje enviamos a nuestros alumnos si les decimos que estos símbolos y» rituales «ya no son importantes?
Les estamos diciendo, implícitamente, que la historia, la unidad y el compromiso cívico son opcionales, o peor aún, irrelevantes.
Confusión entre «Obligatoriedad» y «Valor Intrínseco»:
Se argumenta que la obligatoriedad desvirtúa el acto. Sin embargo, la obligatoriedad en este contexto no busca forzar un sentimiento, sino garantizar que todos los niños tengan la oportunidad de vivenciar y comprender el significado de estos actos.
Es en la escuela donde debemos sembrar la semilla del respeto por los símbolos patrios, incluso para aquellos que quizás en casa no reciban esa formación. Una vez que comprenden su valor, la obligatoriedad se convierte en un acto de reafirmación, no de imposición.
Yo elegí ser docente para formar personas íntegras, para inculcar valores, para enseñar la historia de nuestro país y para fomentar el amor por esta tierra que tanto nos ha dado y por la que tanto hemos luchado. Ver propuestas que buscan diluir estos pilares me duele profundamente. Siento que se nos quita una herramienta esencial para construir ciudadanía y para mantener viva la llama de nuestra identidad nacional.
No se trata de fanatismo, se trata de respeto por nuestras raíces, por nuestra historia y por el futuro de nuestra nación.Los actos protocolares, bien llevados y explicados, son una oportunidad invaluable para conectar a nuestros niños con el alma de nuestro país.
Hago un llamado a la reflexión profunda. No sacrifiquemos en el altar de la modernidad o la comodidad lo que nos define como pueblo. Defendamos estos espacios de formación cívica, porque en ellos reside una parte fundamental de quiénes somos y quiénes queremos ser como uruguayos.
Con respeto y profunda preocupación, Una Melense con el rol de docente que ama los «rituales»