PorCarlos Fariello

Homenaje a Milton

Hubo un tiempo que fue hermoso y no se repitió jamás. Es que los encantos que uno descubre, de niño, en las cosas sencillas, más vale guardarlos rápido en la bolsa de los recuerdos y así y todo, muchas veces, se nos pierden.
Los viejos tablones descansaban desde pasado el mediodía sobre varios tanques vacíos de chapa.
Pronto ls siesta fue rota por voces y el golpeteo de martillos. Estaban armando el tablado.
Una vez resuelto el piso, y al rayo del sol, Milton Moreira fue colocando dos grandes especie de globos de alambre recubiertos de papel de diario pegoteados con engrudo.
Les envolvió con una tela blanca hecha con bolsas de aquellas donde venía el azúcar y con alambres empezó a dar forma de una gran carroza. Eso le llevó algunos minutos.
Luego, con algunos ayudantes empezó a volcar su imaginación con brocha y pincel. Al rato ya se veían claramente figuras, colores y expresiones.
El lugar para la fiesta de Momo iba tomando forma y el barrio cobraba un inusitado movimiento de curiosos que se disputaban la primicia y la gurisada que correteaba de un lado para otro.
Cuando terminaron de colgar algunas lamparillas de colores y un cartel alusivo al escenario la cosa cambió.
Al caer la noche la fiesta popular llenaría el aire de sonidos y risas y desde la platea surgiría la devolución de la gente agradecida por ese singular momento de esparcimiento.
El tiempo fue quebrando costumbres y tragándose a aquellos seres, pioneros irrepetibles, hacedores de aquella fiesta popular.

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