El periodismo seguirá siendo un faro en mitad de un océano repleto de luces de neón

23 PERIODISMO

El periodismo es necesario

A estas alturas, cuando cualquiera con móvil y dos pulgares se proclama “creador de contenido”, afirmar que el periodismo es necesario suena casi insolente. Pero conviene ser insolente de vez en cuando, porque la comodidad de las pantallas nos adormece, y el periodismo —el de verdad, no el sucedáneo de corbata fluorescente y titulares de videojuego— es ese despertador que nadie quiere oír, pero al que agradecemos que nos saque de la cama cuando toca.

Foto de archivo de reunión de camaradería de comunicadores locales.

La gente cree que el periodismo es un oficio del siglo pasado, como el de afilador o linotipista. “Ya no hace falta”, dicen, “todo está en internet”. Esa frase es el colmo de la ingenuidad: todo está en internet, sí, pero sin jerarquía, sin piedad y, a menudo, sin verdad. El periodismo es necesario porque es la disciplina que aún se toma la molestia de preguntarse si algo ocurrió realmente.

En esta sociedad tan iluminada —todo se ve, todo se muestra— confundimos la exposición con la información. El periodismo es necesario precisamente porque se resiste a convertir el mundo en un reality permanente de tertulianos a sueldo del mejor postor.

No todo merece ser exhibido; sólo lo que importa merece ser contado con ecuanimidad. Ésa es la diferencia entre el ruido y el relato, entre el dato y el sentido.

El buen periodismo es un acto de servicio público.

En un mundo diseñado para complacernos —publicidad personalizada, noticias personalizadas, indignación personalizada— esta profesión se atreve a recordarnos que no somos el centro de nada. Cuando un periodista cuenta una verdad incómoda, nos está haciendo un favor: está quitándonos la venda del ego. Por eso molesta tanto. Por eso es tan necesario.

El periodismo no evita los abusos, los expone. No arregla el mundo, lo hace menos inhabitable. La democracia, con sus luces y sus miserias, necesita periodistas igual que un navegante necesita faros.

El periodismo no es perfecto —nunca lo fue—, pero sigue peleando por descubrir la verdad sin maquillarla. Es un oficio precario, y debería remunerarse mejor, pero vale su peso en oro. Mientras exista alguien dispuesto a hacer preguntas incómodas, a mirar donde otros apartan la vista, a hurgar donde escuece, a escribir lo que duele… el periodismo seguirá siendo un faro en mitad de un océano repleto de luces de neón.

Y que nadie se engañe: mientras haya poder, habrá necesidad de quien lo vigile. Y mientras haya gente que quiera entender el mundo sin perder la dignidad, habrá necesidad de periodistas.

El periodismo actual tiene un gran desafío: diferenciarse de la opinión cotidiana, esa que llega a través de las poderosas y penetrantes redes sociales. Con solo postear cualquiera se siente periodista, sin transitar previamente un derrotero para construir el oficio o sin haber accedido a la fabulosa herramienta de la capacitación.

La educación es la senda obligada de toda persona que pretenda abordar el ejercicio profesional que decida ir por un camino, prepararse para saber de qué habla y que se evidencie que entiende sobre el tema en cuestión.

En el “Día del Periodista y trabajador de medios”, saludamos con afecto a todos aquellos que trabajan con responsabilidad, compartiendo ese mundo mágico en el que detrás de cada noticia hay horas de esfuerzo, coraje y una convicción profunda por el servicio a la comunidad.

 

 

 

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