Oscar siempre tuvo una pasión especial por la música que seguramente heredo de su madre.  Desde niño le vimos en distintos escenarios, hasta cuando ya adolescente, integro “Voces del Viento”, un conjunto de jóvenes que tuvo una breve pero exitosa trayectoria de la cual en varias ocasiones compartimos escenarios y que de vez en cuando se juntan para recordar cantando,  viejos tiempos.

Único hijo de Olga Arambillet y Oscar Arriola, a los 14 años se le diagnostico Distrofia muscular de la cintura de los miembros, una enfermedad progresiva que con los años lo puso en silla de rueda, limitando sensiblemente sus actividades vocacionales, pero apostando a la integración de una familia, siendo padre de tres hijos, Martin de 34, Marcelo de 32 y Mariana de 30 años.

Oscar Daniel, que suele publicar en su muro de Facebook numerosas reflexiones, puso en las ultimas horas una muy hermosa, relacionada con su propia vida, donde hay un mensaje extraordinario que apunta a la esperanza, a la fe y a destacar la belleza de la vida a pesar de todo.

“Podemos compartirla en Durazno Hoy” le preguntamos y nos respondió “Si crees que puede servir a otros, dale” y por eso lo hacemos.

 

“El aviador.”

 Era muy joven. Caminaba jugaba corría. Como cualquier persona normal.

Quería ser aviador. Era mi sueño. La vida, Dios, me enseñó a volar pero de otra manera. Perdiendo a través de los años casi todas mis fuerzas físicas.

Con toda la impotencia que nos genera el no poder hacer lo que más nos gusta.

Quienes me conocen me recuerdan intentar jugar al fútbol, casi sin correr, atajar sentado en los arcos de fútbol de salón.

Terminar fundido, jaja, con unos dolores tremendas en las piernas.

Caminar como un pato, cada vez con menos equilibrio, ir a trabajar, caerme cientos de veces en cualquier lugar.

Y reírme, si, reírme mucho, me imaginaba un paracaidista llegando a tierra con poca experiencia.

Un día me dije a mi mismo, ya lo sabía, llego el momento de aterrizar, ya volé bastante, mi avión está ya muy desgastado.

Hice picadas en tirabuzón, me entrevere en las nubes mágicas de la esperanza, a, el valor, coraje, tuve copilotos magníficos a mi alrededor, baje el tren de aterrizaje y fue mi último vuelo.

Ahora me esperaba una silla, así seguiría mi viaje, sin dejar para nada la dicha de estar vivo, una hermosa carrera para mi corazón, con mucho para hacer y dar.

Porque, salvo excepciones muy respetables, la vida no empieza ni termina con las circunstancias, los avatares, las posibles fortunas, las riquezas o pobrezas, la salud o las enfermedades.

Quede claro de mi parte, que, si tuviera que volver a vivir mi vida, lo haría con toda la alegría de mi corazón.

Lo que aprendí y aprendo, no lo otorga la mejor universidad del mundo, y aquí no hay diplomas, ni alabanzas, ni condecoraciones.

En vuelo, en una silla de ruedas, esta nuestra grandiosa oportunidad de ser alguien, de dejar marcada una huella de luz, ánimo, y amor mucho amor por todo

Lo que podemos dar y llegar a ser.

¡Gracias a la vida que me ha dado tanto!!