Se rompió un estado de cierta armonía nacional

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Palpitar la previa, luego mirar a la selección con niños vestidos de celeste o con cachetes pintados, poner la bandera en el auto o la ventana, gastar unos mangos extras para la picada, unas muzzas o el asado, armar una juntada, decorar tu lugar de laburo, cantar el himno como si fueras a estar en «el once inicial»…

Y así se va inflando el globo de la esperanza, hasta que la realidad te lo pincha a veces de forma inesperada. Creo que ese «pum»sorpresivo que te aturde por un milisegundo, es el saldo más negativo del fracaso. Porque además de rompernos el corazón futbolero a los hinchas comunes, nos rompe un estado de cierta armonía nacional.

Así como ya no tendremos a nuestros futbolistas en sus «pausas de hidratación», nos perderemos de ahora en más las «pausas de ilusión» que tenemos cuando juega Uruguay. Esas pausas donde nos refrescamos de la aridez del día a día, donde dejamos por un rato las preocupaciones cotidianas, y donde hasta es posible olvidarnos brevemente de algunos dolores propios o colectivos. Por eso duele el fracaso.

Igual, somos uruguayos, y en breve retomaremos con vehemencia la discusión de si Almada, Broli o Gallardo, si es fútbol de propuesta o de respuesta, si al final la culpa fue del DT, de los jugadores, de la dirigencia o de los rascadores de lomos.

Eso sucederá luego que pase el actual, gratuito y morboso espectáculo de los linchamientos que todos tenemos ahora en las redes, y del que también, más o menos, todos participamos

  • Por Daniel Castro