A una década de la partida de Abel Soria
Por el Lic. Oscar Padrón Favre
Sin duda fue uno de los grandes hombres de la cultura popular del Uruguay, como queda de manifiesto en las expresiones de recuerdo y solicitud de sus temas que se registra con frecuencia en los medios de comunicación. Estas breves líneas son solo una evocación personal y no una valoración de su obra y trayectoria como realmente se merece.
Lo escuchamos desde los primeros Festivales de Folklore de Durazno, admirando su creatividad repentista, su humor y la capacidad de pintar con sus versos las características más singulares de los uruguayos, en especial de los del interior.
Nos conocimos personalmente en Carlos Reyles por 1982, con una guitarra de por medio, y a partir de la década siguiente cultivamos una amistad que me honraba y me permitía – cada vez que nos encontrábamos – alimentarme de su enorme saber sobre los más diversos aspectos de la cultura popular. Por supuesto, siempre condimentado con inolvidables anécdotas, propias o ajenas, que derramaba sin pausa.
En el año 1993 invitado por el entonces Intendente Dr. Raúl Iturria dictó en Casa de la Cultura un curso sobre versificación, de lo que era un especialista, que tuvimos el gusto de coordinar y lograr que quedara registrado en una publicación auspiciada por la Intendencia de Durazno y el MEC. Las dos primeras fotos registran esa actividad y los asistentes al curso.
En los años siguientes, en más de una oportunidad expuso sus pinturas – de inconfundible estilo costumbrista – en el Museo Casa de Rivera de Durazno, logrando siempre un gran éxito de visitantes. Dos fotos del año 1997 dan cuenta de ello.
Sin duda no existió espacio del territorio oriental donde Abel Soria no haya estado presente brindando su arte de payador con generosidad, ya fuera en diversos espectáculos, beneficios escolares, criollas, festivales, homenajes y tantas actividades más. A su importante discografía sumó varios libros y el arte de sus singulares pinturas, a través de las cuales también rindió sensible homenaje a las esencias más características de la población rural o de los pequeños pueblos del país.
El 4 de setiembre de 2016 recibimos la noticia de su repentino fallecimiento. Viajamos entonces con Jesús Carlos Correa (quién cultivó también extenso y estrecho vínculo con Abel) hasta San José, en un vehículo brindado por la Intendencia, para estar presentes en su despedida final. Lo hicimos por el gran afecto personal y, sobre todo, sintiendo que representábamos a Durazno, al que mucho quería y al que había brindado tanto de su arte. Las tierras del Yí debían estar en esa hora.
En el cementerio no estuvo ninguna autoridad nacional, sí departamentales, pero la masiva asistencia de los maragatos – y de no pocas personas que también habían hecho muchos kilómetros para estar – demostraron que el gran Abel Soria estaba por siempre en el corazón de su pueblo.