Un vecino incómodo, pero también necesario
En horas llega una nueva Primavera pero con ella, la pelusa de los plátanos, el árbol que da sombra, refresca y hace sufrir a muchos duraznenses.
Estornudos, picazón y ojos llorosos pueden tener detrás un árbol muy común, «el plátano» que forma parte del paisaje de nuestra ciudad.
Hay una escena que para muchas personas se repite todos los años sin saber que hay un árbol por detrás. Empiezan los días más templados, las ventanas vuelven a abrirse, dan ganas de caminar y disfrutar de la primavera, pero aparecen también los estornudos interminables, la nariz congestionada, los ojos que pican y esa sensación de irritación que parece acompañar cada salida a la calle
El plátano de sombra, uno de los árboles urbanos más característicos de Durazno, atraviesa durante esta época uno de sus períodos de mayor actividad.
Pero tiene otra cara. Su polen posee un importante potencial alergénico y puede convertirse en un verdadero problema para las personas sensibilizadas.
¿Hay que sacar todos los plátanos?
La respuesta no es tan sencilla.
Eliminar masivamente estos árboles también tendría consecuencias ambientales. El plátano fue elegido precisamente porque soporta muy bien las ciudades: crece rápido, ofrece una copa extensa, genera sombra, tolera la contaminación y ayuda a reducir el calentamiento de calles y veredas durante el verano.
Por eso, distintos enfoques sobre planificación urbana plantean una salida menos extrema: diversificar el arbolado y evitar repetir masivamente una misma especie, especialmente alrededor de hospitales, escuelas y otros sitios con poblaciones sensibles.
El problema, entonces, no es necesariamente que exista un plátano. El inconveniente aparece cuando una ciudad concentra miles de ejemplares de una misma especie con elevado potencial alergénico.
Un vecino incómodo, pero también necesario
Quizás esa sea la paradoja más interesante del plátano. Durante el verano buscamos su sombra. Caminamos debajo de su copa cuando el pavimento arde y agradecemos los árboles grandes en una ciudad cada vez más caliente.
Pero cuando llega la primavera, para muchas personas ese mismo árbol se transforma en sinónimo de pañuelos, estornudos y ojos llorosos.
No es simplemente un “árbol malo” ni tampoco una especie que deba ignorarse porque ofrece beneficios ambientales.
Hay muchos otros factores en el aire de la ciudad que nos enferman más gravemente que “las pelusas” de los plátanos y ni siquiera nos percatamos de ellos.
Por ejemplo, no se nos pasaría por la cabeza cerrar industrias ni prohibir los automóviles a combustión, ambos emisores de sustancias perjudiciales que luego respiramos, a pesar de que evitar toparse con una fábrica o un auto sería imposible.
¿Por qué entonces sí se nos ocurre terminar con la vida de añosos plátanos cuando podríamos simplemente usar un tapabocas pocos días al año para evadir las partículas que despliega?