La revolución que dependía de un hombre a caballo.
"El Chasque de Artigas" _ Nuestra historia, está llena de sucesos que se destacan por ser como hitos de leyenda, como hechos producidos más allá de lo humano.
Cuando pensamos en Artigas solemos imaginar una escena vertical: el jefe decide, dicta una orden y los hombres obedecen.
La imagen es comprensible, pero resulta engañosa. Una orden escrita en un campamento no tenía ningún valor práctico mientras permaneciera allí. Entre la voluntad del jefe y el efecto real de esa voluntad había leguas de campo, ríos, barro, caballos cansados, enemigos, pueblos sin recursos, comandantes locales, rumores y hombres capaces —o incapaces— de llegar a destino. La revolución artiguista no fue solamente una historia de ideas, jefes y batallas. Fue también una gigantesca historia de comunicaciones. Y durante sus primeros años, antes de que pudiera hablarse siquiera de una administración relativamente estable, una parte sustancial del poder viajaba literalmente a caballo.
El personaje central de esa historia tiene un nombre modesto: el chasque. No era necesariamente un funcionario. Podía ser un militar, un vecino, un peón, un oficial o simplemente un hombre al que alguien consideraba suficientemente confiable y conocedor del terreno como para ponerle una carta en la mano y enviarlo decenas o cientos de kilómetros. El chasque no formaba parte todavía de un servicio postal regular. Era precisamente la solución a la inexistencia de ese servicio. Y allí se encuentra una de las paradojas más fascinantes de la revolución: antes de que existieran oficinas, reglamentos y circuitos administrativos relativamente estables, la continuidad del poder dependía de hombres concretos que sabían montar, orientarse, reconocer caminos, encontrar caballos de relevo y distinguir quién podía ayudarlos y quién podía denunciarlos. En marzo de 1811, por ejemplo, el presbítero Silverio Antonio Martínez, desde Paysandú, proponía costear él mismo el envío de un chasque a Buenos Aires para obtener noticias más seguras. La escena es reveladora porque todavía no existe una maquinaria estatal capaz de garantizar aquella comunicación. Un sacerdote, durante unas horas, se convierte en financiador de una red política.
El episodio de Las Piedras permite ver todavía mejor cuánto dependía el mando de esas comunicaciones. Artigas había enviado un oficio a su hermano Manuel Francisco indicándole dónde debía reunirse con él. Poco después el chasque regresó con una noticia distinta: Manuel estaba siendo atacado y solicitaba trescientos hombres de refuerzo. Esa respuesta obligó a Artigas a modificar sus movimientos y dirigirse hacia el Sauce. La secuencia parece simple, pero contiene un mecanismo fundamental. Artigas envía una orden. La orden llega. Alguien responde. La respuesta vuelve. El jefe cambia su plan. Entre cada una de esas operaciones hay un hombre cabalgando. Si ese hombre se retrasa, pierde el camino, es detenido o cae en manos del enemigo, la decisión militar cambia antes de que el comandante siquiera sepa que debe cambiarla. No había comunicación instantánea ni centro capaz de observar el conjunto. El teatro de operaciones existía para el jefe sólo en la medida en que otros hombres conseguían llevarle noticias.
Esa fragilidad aparece de manera casi brutal en un documento de marzo de 1812. Desde Mercedes, Pedro Manuel García informó a Gaspar de Vigodet que un vecino encargado de llevar un pliego había regresado después de recorrer doce leguas porque ya no había hombres disponibles para continuar enviando chasques. Los pocos soldados que quedaban no podían distraerse de la defensa. El correo se había detenido no porque faltara una orden, ni porque faltara papel, ni porque nadie supiera escribir. Se había detenido porque faltaban cuerpos. Cada mensaje exigía retirar a un hombre de otra función. El mismo individuo que llevaba una carta dejaba durante ese tiempo de custodiar un paso, vigilar un camino, combatir o conducir ganado. En un territorio pobre en recursos humanos, la información tenía un costo físico. Saber lo que ocurría lejos significaba sacrificar temporalmente una parte de la fuerza disponible.
Más interesante todavía es comprobar que muchos de aquellos hombres no eran simples transportadores. Vicente Fuentes, por ejemplo, aparece en 1812 viajando a Buenos Aires como enviado de Artigas en medio del conflicto con Sarratea. Llegó con un pliego, pero su función no terminó al entregarlo. Realizó diligencias, observó el ambiente político y quedó en condiciones de informar después con mayor precisión sobre lo ocurrido en la capital. El mensajero llevaba una carta, pero regresaba con algo que ningún papel podía contener por completo: contexto. Había oído conversaciones, había visto rostros, había percibido resistencias y podía explicar aquello que no entraba en una línea escrita. El conductor de un mensaje se transformaba así en intérprete de la situación.
Buenos Aires entendió perfectamente el peligro de esos hombres. En noviembre de 1812 se ordenó al teniente gobernador de Santa Fe impedir el tránsito directo hacia la capital de oficiales enviados por Artigas y remitir los pliegos a la superioridad. Entre los nombres mencionados aparecían Vicente Fuentes, Cayetano Rivarola y Nicolás de Acha. La medida resulta reveladora porque demuestra que controlar una ruta no significaba solamente dominar un camino. Significaba decidir quién podía hablar con quién. El conflicto político podía librarse cerrando el paso de un hombre mucho antes de que comenzara una batalla. Una carta interceptada, un pasaporte negado o un enviado detenido podían alterar una negociación con la misma eficacia que un movimiento militar.
El baqueano pertenecía a esa misma infraestructura invisible. Si el chasque hacía viajar la información, el baqueano hacía posible que hombres, tropas y mensajes supieran por dónde desplazarse. Esa función era mucho más antigua que la revolución. Artigas la conocía desde su etapa en los Blandengues, cuando una partida podía poseer hombres y armas y, sin embargo, quedar prácticamente ciega sin alguien capaz de leer el terreno. Los caminos de la campaña no eran siempre caminos. Había pasos conocidos sólo por quienes vivían allí, zonas inundables, aguadas, lugares seguros para cambiar caballos y otros donde una presencia extraña era inmediatamente advertida. La velocidad no dependía solamente de hacer galopar un animal; dependía de una geografía social construida durante años.
Y ésta es quizá la parte más humana de toda la historia. La mayor parte de esos nombres desapareció. Los documentos conservaron al hombre que firmaba una orden y al hombre que la recibía. Muchas veces olvidaron al que cabalgó entre ambos. Detrás de palabras aparentemente neutras —chasque, propio, conductor, peón— quedaron enterradas miles de jornadas, noches, caballos agotados, cruces de río y mensajes que llegaron a tiempo o no llegaron jamás. La historia política tendió a recordar las decisiones; mucho menos, los cuerpos que hicieron posible que esas decisiones se desplazaran.
Con el tiempo, aquella red improvisada comenzó a transformarse. En 1813 surgió el Gobierno Económico de la Provincia Oriental porque la guerra ya no podía absorber todas las funciones. Había que organizar abastecimientos, caballerías, propiedades, sementeras, autoridades locales y recursos para el ejército. Los documentos muestran incluso algo tan poco épico como la necesidad de desocupar casas en Guadalupe para que el nuevo gobierno tuviera dónde instalarse. Antes de gobernar, literalmente, había que encontrar una casa. Y una vez instalado ese cuerpo, nombres como Miguel Barreiro, Bruno Méndez, León Pérez o Santiago Sierra comenzaron a aparecer desempeñando funciones cada vez más definidas. Una decisión ya no dependía necesariamente de que Artigas la resolviera personalmente. Podía ser procesada, ratificada, registrada y devuelta por otros hombres.
Allí la revolución comenzaba a convertirse en administración.
El cambio es decisivo porque permite comprender mejor al propio Artigas. Su poder no creció solamente porque más hombres lo obedecieran, sino porque comenzó a existir una estructura capaz de actuar cuando él no estaba presente. Ese proceso jamás fue perfecto, lineal ni moderno en el sentido actual. Hubo fricciones, superposiciones, decisiones contradictorias y competencias inciertas. Pero apareció algo nuevo: una autoridad que podía viajar, ser interpretada y producir efectos a distancia. Miguel Barreiro daba forma material a documentos; Bruno Méndez recibía informes y respondía a comandantes; los cabildos trataban asuntos locales; Santiago Sierra registraba bienes y abastecimientos. Incluso cuestiones aparentemente menores —una escuela, el suministro de carne, una licencia, un embargo— entraban en circuitos administrativos que ya no podían reducirse a la presencia física del jefe.
Tal vez por eso la imagen más exacta del artiguismo no sea siempre la de Artigas sobre un caballo mirando el horizonte. Quizá debamos imaginar también un camino vacío, un hombre que se aproxima cubierto de polvo, una carta guardada contra el cuerpo y un campamento esperando noticias. Porque durante años el poder tuvo esa forma. Antes de convertirse en expediente, sello y administración, fue velocidad, memoria y confianza. Y mientras un chasque no llegaba, una parte del gobierno quedaba suspendida.
La bibliografía de Operación Artigas III — La maquinaria humana del artiguismo se apoya, entre otras fuentes, en los tomos IX a XIV, XIX y XXI a XXXIX del Archivo Artigas, en documentación del Archivo Histórico de la Provincia de Santa Fe y del Archivo General de la Provincia de Corrientes, así como en trabajos de Ana Frega,
Ariadna Islas, Washington Reyes Abadie, Oscar Bruschera, Tabaré Melogno, Juan Carlos Garavaglia, Raúl Fradkin, Mario Cayota, Juan Antonio Rebella, Dardo Ramírez Braschi y otros especialistas del período.
Dr. Ricardo Petrissans
Extracto adaptado de Operación Artigas III — La maquinaria humana del artiguismo.