Cuando el campo era el mundo entero
El rocío todavía estaba frío sobre el pasto cuando el gurí salía descalzo de la cocina, con tres mamaderas de vidrio bajo el brazo.
Adentro llevaban leche tibia y afuera lo esperaban tres corderitos guachos: dos negritos y una corderita blanca.
Apenas abría la portera del chiquero, se armaba el alboroto.
Venían a los tropezones, balando y empujándose entre ellos, chocándole las canillas con esos hocicos calentitos.
—¡Pará, che! ¡Hay para todos, no sean atropellados- les decía el gurí, mientras les arrimaba las mamaderas.
Los corderitos prendían la tetina y mamaban con ganas, moviendo las colitas como molinetes.
Cuando las mamaderas quedaban vacías, las dejaba junto al galpón y salía disparando para el monte de eucaliptus y paraísos.
Ese monte era su lugar.
Elegía el paraíso más grande y trepaba descalzo, agarrándose con los dedos de los pies a la corteza y a los nudos del tronco.
Subía hasta una horqueta alta y allí se quedaba, sentado entre las ramas, mirando el campo.
Desde arriba veía el techo de Paja de la casa, el tajamar brillando entre los yuyales y la cuchilla perdiéndose allá lejos.
Abajo, los corderitos andaban tranquilos, buscando la sombra y mirando para arriba como si supieran dónde estaba el gurí.
Y él, balanceando los pies en el aire, se sentía dueño de todo aquello.
No había celulares, ni juguetes caros, ni tantas cosas.
Había campo, barro, árboles, animales y tiempo para jugar.
Porque hubo una época en que para ser feliz alcanzaban tres corderitos, un árbol y un pedacito de campo.
Escrito por Karina Pereira – Uruguay profundo