6 CAMPO

El rocío todavía estaba frío sobre el pasto cuando el gurí salía descalzo de la cocina, con tres mamaderas de vidrio bajo el brazo.

Adentro llevaban leche tibia y afuera lo esperaban tres corderitos guachos: dos negritos y una corderita blanca.

Apenas abría la portera del chiquero, se armaba el alboroto.

Venían a los tropezones, balando y empujándose entre ellos, chocándole las canillas con esos hocicos calentitos.

—¡Pará, che! ¡Hay para todos, no sean atropellados- les decía el gurí, mientras les arrimaba las mamaderas.

Los corderitos prendían la tetina y mamaban con ganas, moviendo las colitas como molinetes.

Cuando las mamaderas quedaban vacías, las dejaba junto al galpón y salía disparando para el monte de eucaliptus y paraísos.

Ese monte era su lugar.

Elegía el paraíso más grande y trepaba descalzo, agarrándose con los dedos de los pies a la corteza y a los nudos del tronco.

Subía hasta una horqueta alta y allí se quedaba, sentado entre las ramas, mirando el campo.

Desde arriba veía el techo de Paja de la casa, el tajamar brillando entre los yuyales y la cuchilla perdiéndose allá lejos.

Abajo, los corderitos andaban tranquilos, buscando la sombra y mirando para arriba como si supieran dónde estaba el gurí.

Y él, balanceando los pies en el aire, se sentía dueño de todo aquello.

No había celulares, ni juguetes caros, ni tantas cosas.

Había campo, barro, árboles, animales y tiempo para jugar.

Porque hubo una época en que para ser feliz alcanzaban tres corderitos, un árbol y un pedacito de campo.

Escrito por Karina Pereira – Uruguay profundo

 

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