3 AMIGOS

Juan Lobelcho y Pedro Farías no eran hermanos de sangre, pero si de crianza. Nacieron ambos con un mes de diferencia en hogares de adobe y paja del barrio “El Chorizo”, allí donde la vida le hacía un tajo a la pobreza.

Juntos, se criaron casi a la intemperie, despreciando los resfríos con los pasos descalzos e implorando con sus padres la llegada de la lluvia, la creciente del Yi, la evacuación, la leche en polvo, la ropa regalada y aunque fuera solo por unos días, un techo de zinc.

Juntos fueron a la escuela, más para aprovechar el comedor y la merienda que para aprender a escribir, porque el oficio de sus casas que se arrastraba por herencia de sus abuelos, no requería escrituras, ni cuentas, ni dibujos. Para dominar el monte, para conocer sus caminos interiores, para olfatear la cercanía del carpincho, no hay escuela que valga. Y ellos querían seguir la tradición de sus mayores: ser “capincheros”.

Cuando Juan a los 12 años perdió a su padre por una bala imprudente de una escopeta que dejó a medio salto un alambrado, la casa de Pedro fue su casa y juntos, como siempre y más que siempre, se sintieron casi hombres y emprendieron el viaje de descubrir la vida.

El monte era un imán que los atraía todos los días, a cualquier hora. Aprendieron en poco tiempo, a conocer todos sus sonidos y sus silencios. A descubrir en el aire los olores del bicherío, sus guaridas, sus hábitos, sus costumbres.

Cierto día, aprovechando el río desbarrancado por la lluvia, Pedro, Juan y la escopeta del difunto, se fueron a buscar algún carpincho. Querían comprobar si estaban prontos para largarse solos. Y a la media hora, apareció la presa. Juan apuntó cuidadosamente y a su lado, solo se escuchaba el tum – tum del corazón de Pedro. Y cuando la bala partió en dos la cabeza del carpincho, saltaron abrazados, rieron como locos, con una risa rara mezclada con lágrimas. Se habían recibido de cazadores…

Desde aquel bautismo de caza pasaron muchos años. Juan se enamoró y se casó con una chica de pelo negro con los ojos color a monte. Pedro en cambio, mantuvo su soltería y vivía pendiente de cuidar a sus padres, que tenían en él el único sustento.

Juan recibió al poco tiempo el regalo de un hijo, varón como él lo soñaba y Pedro tuvo desde entonces un ahijado, al que demostraba su amor a cada instante. La amistad de tantos año pareció encontrar en ese niño el elemento ideal para hacerla indestructible.

Las últimas inundaciones habían dejado una secuela trágica, no en vidas pero si en hogares destruidos, especialmente en el barrio en que vivían y en sus ranchos de un largo historial de  lucha contra las aguas embravecidas. Esa vez, Juan Lobelcho fue uno de los más afectados. Al bajar el agua, solo quedaba el “excusado” porque las paredes y el quincho se diluyeron en la correntada.

Fue entonces que el Gobierno resolvió darles otras casas a los que la habían perdido, en otro lugar, en otro barrio, lejos de la amenaza siempre repetida de la creciente. Pedro se quedó en su rancho porque, además, no se imaginaba otra vida fuera de allí, donde nació y se crio, siendo feliz a su manera. Juan en cambio, no lo dudó. Pensó más que nada en su mujer y en el gurí que ya gateaba por los pisos de tierra y con el dolor en el alma, ese que a veces no se manifiesta pero que se siente como un hierro caliente que hace brasa la carne, se fue a la nueva casa, cerca del centro, lejos de Pedro.

La separación que fue durísima, se alivianaba todas las semanas cuando los dos amigos tomaban sus armas y se iban al monte. Allí, volvían a ser los de antes. Detrás del carpincho los dos eran uno y la vida parecía adquirir otra dimensión.

Tiempo después, a Juan le dieron un empleo de guardabosque. Fue la oportunidad para tener un dinerito asegurado todos los meses y de alguna forma, no se alejaba del monte. Pero si de Pedro. Las salidas pasaron a ser más distanciadas, una vez al mes a lo sumo. Pedro tuvo que irse conformando con esa nueva soledad.

Aquella mañana de agosto, negros nubarrones anunciaban que la lluvia estaba cerca. “Creo que se viene el temporal de Santa Rosa” dijo Juan a su mujer que junto a la ventana, tejía un rebozo para el hijo que aún dormía en su cuna. “Si llueve mucho habrá creciente y va a estar lindo para cazar capinchos” agregó y enseguida, pensó en Pedro. Hacía tiempo que no se encontraban. La última vez que estuvo en su casa fue cuando el cumpleaños de Juan. Pedro le regaló un cuero de carpincho que hoy es campera que cuelga en el ropero.

“No esperaré la lluvia. El domingo si Dios quiere, voy a ir a invitarle a cazar” dijo Juan y lo hizo. Tempranito aprontó la escopeta de su padre, tomó unos cartuchos preparados, se puso la campera que le regalara Pedro y marchó despacio hasta “El Chorizo” a buscar a su  amigo. “Hace como media hora que se fue p´al monte” le aclaró la madre de Pedro tras golpear Juan la puerta de su rancho. “Nos veremos entonces” respondió y enfiló para el río.

Pedro había caminado como dos leguas río abajo, pero por afuera del monte. Cuando consideró que la distancia era suficiente, se internó en el follaje y comenzó la búsqueda, viento en contra, para no ser olfateado por el carpincho. A pesar de la poca visibilidad porque recién estaba amaneciendo y para peor con tormenta, habría recorrido unos 300 metros cuando encontró unas huellas. “Se ve que es un capincho machazo” pensó “porque las huellas son grandes realmente. Espero que no me lleve mucha ventaja” y aceleró el paso. Su conocimiento de todos los recovecos del monte lo hacían volar entre las matas, los pajonales y las raíces de los árboles. De tanto en tanto, se frenaba y escuchaba, mientras su cabeza giraba a un lado y otro, como un faro en la niebla. “Qué falta me hace Juan ahora, porque entre dos la cosa es fácil y este bicho no se nos va” se dijo, y el recuerdo de aquella primera vez cuando su amigo mató el primer carpincho, le hizo nublar la vista. El era un hombre duro, pero aquel recuerdo, hizo asomar una lágrima que no permitió que rodara por su curtida mejilla.

Respiró hondo y aceleró el paso. Las huellas aparecían más frescas en señal de que el carpincho no estaba lejos. De pronto lo vio. Era un hermoso ejemplar de por lo menos 120 kilos que caminaba cansadamente hacia un pajonal que había e tres metros del río. No pudo ni siquiera apuntarle porque el carpincho se perdió entre las pajas.

Aprovechó para acercarse un poco más, con la misma sigilosidad del bicho, “Lo esperaré a que salga” se dijo y preparó su arma. Pasaron 10 o 15 minutos y nada. De pronto, unos metros más atrás, sintió ruido en las malezas. Ajá! Así que no andabas solo bichito” murmuró mientras giraba su arma para apuntar hacia el lugar de donde provino el ruido. Había algo de contraluz y los verdes se confundían con los marrones de las coronillas. Forzó su vista, hoja por hoja de los árboles, hasta que descubrió el marrón lustroso característico y su corazón comenzó con el clásico tum – tum. Estaba entre la horqueta de un sauce viejo cuyas raíces se hundían en el agua. Se le veía el lomo. Para Pedro, baqueano en esas lides, era suficiente. Apuntó, aguantó la respiración y tiró.

Aquellos gurises se habían alejado demasiado del Pueblo. Es que uno de ellos había sacado sin permiso del padre un “44” y se metieron en el monte como si cazar fuera fácil. No encontraron ni huellas, ni bostas, ni nada, pero caminaron demasiado. De pronto, cuando ya estaban por volver, los ojos de ambos quedaron como desorbitados. El “Winchester” se les cayó de las manos y un grito que recorrió el monte, terminó abrazándolos.

Juan Lobelcho yacía muerto entre un charco de sangre que empapaba su campera de carpincho.  Con los ojos perdidos y la lengua de afuera, Pedro estaba a su lado, colgando del sauce.

Como siempre…juntos.

J.C. (1988)