Cuando llegaba el Día del Niño
Cuando se arrimaba el Día del Niño, en el campo no hacía falta mucho pa’ ser feliz.
Los gurises esperábamos ese día con una ilusión enorme. Y los abuelos, aunque muchas veces tenían poco, siempre encontraban la manera de darnos una alegría.
La abuela capaz que iba guardando unos pesos de a poquito, de esos que costaba juntar. El abuelo, con alguna changa, unos huevos, un cordero o lo que hubiera pa’ vender, también ponía su parte.
Y así, entre sacrificios y cariño, se iba armando el regalito.
No era cuestión de tener mucho. Era cuestión de tener amor y saber compartirlo.
Y cuando llegaba aquel domingo, aparecía la abuela con una bolsita en la mano.
Unos caramelos, una golosina, una muñeca, una pelota, un autito… cualquier cosita alcanzaba para hacernos sentir los gurises más felices del mundo.
Porque venía de las manos de los abuelos.
Después salíamos a jugar por el patio, corríamos, nos ensuciábamos las rodillas y volvíamos cuando ya nos llamaban para la merienda.
La abuela preparaba algo rico y el abuelo, sentado por ahí, nos miraba con aquella sonrisa tranquila de los hombres de antes.
Hoy, tantos años después, uno entiende que el verdadero regalo nunca fue aquel juguete.
El verdadero regalo era tenerlos.
Tener una abuela que se las ingeniaba para vernos felices.
Tener un abuelo que, con sus manos curtidas de trabajo, encontraba la forma de darnos un poquito de alegría.
Qué tiempos aquellos…
No teníamos tantas cosas como los gurises de hoy, pero teníamos algo que valía muchísimo:
una infancia sencilla, una casa humilde, juegos en el patio y unos abuelos que nos enseñaron que para hacer feliz a alguien no hace falta tener mucho… alcanza con quererlo de verdad.
Y capaz que, por eso, cuando llega el Día del Niño, se nos hace un nudo en la garganta.
Porque algunos juguetes se rompieron, algunas cosas se perdieron y los años pasaron…
Pero aquellas manos de abuelo y aquellas caricias de abuela todavía viven adentro nuestro.
Autor: Karina Pereira